lunes, 23 de mayo de 2016

Brújulas y Espirales: Juan Tallón "Fin de poema"

Blog Literario de Francisco Martínez Bouzas

sábado, 8 de agosto de 2015


"FIN DE POEMA": BRECHAS PARA DESCENDER AL ABISMO



 

Fin de poema

Juan Tallón

Traducción: Juan Tallón

Editorial Alrevés, Barcelona, 2015, 158 páginas



   Este mismo año, Juan Tallón, que ya no es una joven promesa como lo ha calificado un crítico de esos de renombre, confesaba que escribía tirándolo todo por la borda, para no hacer cosas peores. Pero lo cierto es que Juan Tallón no defrauda al lector, porque efectivamente es de lo mejor que nos ofrece el actual panorama narrativo, tanto en gallego como en español. Y eso a pesar de que su primer libro, o uno de los primeros, A pregunta perfecta (O caso Aira-Bolaño) fue destripado por un crítico gallego que así equilibraba el interminable cupo de reseñas elogiosas. Pero la realidad, que suele terminar por imponerse a pesar de lo que opinemos los que tenemos el osado vicio de hacerlo, es la que es y está ahí: Juan Tallón, su narrativa, es un vigoroso y saludable soplo de aire fresco, algo que se impone, que  subyuga al lector -por supuesto en el buen sentido- ya sea escribiendo de fútbol entre chascarrillos y anécdotas; convirtiendo el relato de una mudanza en literatura; ficcionalizando sobre los garitos de Madrid, sobre la experiencia nefasta en un periódico ourensano en el que estaba prohibido hacer periodismo; o sobre las reliquias del váter de Onetti en el que Horacio Varela se sienta cada día para leer al escritor uruguayo.

   Escribir impugnando cualquier tentación de seriedad. Así se mueve Juan Tallón en la narrativa de aliento largo o en sus colaboraciones periodísticas en prensa (El País, Jot Down, La Cadena Ser…). Mas no todos los libros del escritor gallego son un brindis al humor, a la ironía o a los real, irreal o esperpéntico que suele anidar en  la misma vida. A Juan Tallón, y me atengo a sus palabras, le interesan los procesos de descomposición de los individuos. Le gusta escribir sobre tipos que se van a pique entre las huídas, sobre los fracasos, los procesos creativos; sobre la muerte, sobre la premuerte y esos sutiles instantes que preceden al tránsito final. Y de eso precisamente va este libro con el que el autor obtuvo el primer, o quizás el segundo, premio literario en Galicia, traducido ahora por el mismo autor y editado por la catalana Editorial Alrevés, y que en octubre podrá ser catado por aquellos lectores que prefieran su lectura en español.

Cesare Pavese
   Hoy me complace adelantar esta reflexión valorativa, cimentada en las galeradas que Alrevés me ha hecho llegar y que en octubre será libro hecho y derecho. Lo hago con el convencimiento de que Fin de poema avala una escritura innovadora, vanguardista, fragmentaria, minimalista, en ocasiones  metaliteraria, pero que nada tiene que ver con la literatura irrelevante que con frecuencia inunda el mercado.

   Fin de poema se ensambla con esa tendencia representada por muchos de los grandes escritores actuales que novelan de otra manera, convirtiendo a escritores, artistas o intelectuales en personajes de ficción, convencidos de que las fronteras entre realidad y ficción en la narrativa actual andan revueltas, y las vidas o los momentos de una vida pueden o deben de ser recreadas en invenciones perfectamente ficcionales. La trama de Fin de poema, a pesar de que se concentra en momentos de la vida de cuatro grandes poetas del pasado siglo, no es biografía, fabula vidas. La novela nos presenta, con una mirada muy perspicaz, un fragmento de la vida de cuatro poetas (Cesare Pavese, Gabriel Ferrater, Alejandra Pizarnik y Anne Sexton). En concreto, de sus últimas horas con vida, lo que dota a la narración de una especial intensidad, muchas veces agónica. Una cala en sus obras, en sus atroces tempestades, hilvanando todo esto teniendo en cuenta circunstancias tanto familiares como culturales, históricas y políticas. El autor contextualiza el tiempo narrativo con el tiempo histórico por medio de sutiles pincelas, a las que es preciso prestar atención. Una trama pues que recrea ficcionalmente instantes de vida personal, literaria, incluso editorial; las tareas, miedos, los infiernos (cáncer, alcohol, psicosis, paranoias…) de estos cuatro poetas, las noches de sus vidas, sus experiencias vitales, sus tormentas, sus tendencias suicidas; sus caminos por el corazón de la angustia, hasta llegar finalmente a esa brecha definitiva hacia el abismo: el suicidio.

   Una novela que aspira a estar a la altura interna de los personajes ficcionalizados. Todos ellos poetas que ejercieron una enorme influencia en sus contemporáneos y en las generaciones posteriores. Juan Tallón pues novela fragmentos de vida de personas reales, transformadas en personajes deambulando entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, hasta que  llegan al límite, al muro donde todo comienza a resquebrajarse. El texto busca narrar esa  trágica grieta que se produce en los suicidas, lo que tiene mucho de reto literario, pero también de reto existencial, porque nadie sabe lo que pasa en esa premuerte, en los instantes finales en la cabeza de las personas que están a punto de poner fin a sus existencias. Pero, al mismo tiempo, el libro es una declaración de amor a la poesía tanto por parte del autor como por parte de los personajes que, incluso en los momentos finales de sus existencias, intentan ahondar en las consecuencias que motivaron, al menos en algunos casos, su silencio poético. Novela pues muy compleja, rica y de varias lecturas, a pesar de su brevedad.

  
Alejandra Pizarnik
En cuanto a su estructura, es preciso constatar que Fin de poema no es una novela lineal, sino fragmentaria. Sin embargo, en ella existe un hilo conductor, un centro oculto que une estos fragmentos: la experiencia vital, intensamente humana de los personajes, hecho que le confiere unidad al texto y que impide que esos fragmentos de vida se dispersen de una forma caótica. De tal modo, que al final esos diversos fragmentos son como las piezas de un gran friso de la desesperación y de la muerte como única salida posible. Estructura, a mi juicio acertada, dividida en cinco secuencias por autor y dispuestas de tal modo que la intensidad se reparta a lo largo de todo el texto, al igual que el desenlace que se produce a lo largo de toda la obra. Así mismo, el autor consigue con el tratamiento temporal del relato que cada una de las cinco partes en las que se estructura el conjunto, aparezca dotada de un comienzo, un desarrollo y un desenlace. Tal propuesta literaria favorece el vértigo del texto que alcanza con regularidad puntos de gran intensidad. Por esa razón, no hay caídas en el ritmo narrativo y ello se debe en gran parte al modo en que se encuentra estructurado el relato.
Anne Sexton

   Existe, por otro lado, un finísimo vínculo entre los cuatro relatos, a pesar de tratarse de cuatro vidas independientes que pertenecen además a distintas generaciones de poetas y que no mantuvieron relaciones personales entre ellos. Por ejemplo, en la historia de Alejandra Pizarnik aparece referido un libro de Gabriel Ferrater, que desde París le envía Julio Cortázar. Tienen así mismo cabida en el texto algunas dosis de metaliteratura. Por ejemplo, la narración del proceso de creación de Alejandra Pizarnik. El autor hace que cobren presencia muchos escritores del siglo XX. No obstante, la novela no está ahogada en un mar de textos poéticos, aunque los hay, pero son muy oportunos. Por ejemplo, los versos de Alejandra Pizarnik: “¿Cómo no me extraigo las venas / y hago con ellas una escala / para huir al otro lado de la noche?” (página 83)

   Considero además que el autor describe perfectamente los ambientes, sobre todo los ambientes humanos, los pensamientos, la corriente de vida y muerte que circula por las venas de los poetas ficcionalizados. Reproduce así mismo un buen número de anécdotas que contribuyen a que la lectura sea incluso entretenida.
Gabriel Ferrater

   Es remarcable el empleo que en esta novela se hace de la técnica minimalista, o mejor dicho de la elisión, porque en la escritura de esta novela no existió un editor que, como hizo Gordon Lish con los relatos de Raymond Carver, pode el texto. Pero el autor solamente relata de una forma explícita, en el desenlace de la novela, el suicidio de Gabriel Ferrater. Mas incluso así, a lo largo del desarrollo del texto, va dejando suficientes pistas para que el lector, sin encontrarlo narrado de forma explícita y sin sobresaltarse con otros suicidios, sepa cuál fue el dramático final de Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik y Anne Sexton, poetas que un día quedaron sin versos en un negro silencio, en un insoportable vacío que los precipitó de forma irreversible en esa estremecedora grieta. La calidad del texto de Juan Tallón sumergirá al lector en esa agonía, sin tremendismos ni sentimentalismos y al mismo tiempo le mostrará su anverso: la fuerza de la vida.



Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Juan Tallón (foto ABC)



Fragmentos



“Hace años que (Cesare Pavese) avistó el final de su vida. Tal vez en forma de libro imaginado. Todo lo que vino después no fue sino una recreación de aquella visión. Es mentira que uno se acostumbre al dolor. Cada vez que uno entra en bancarrota emocional lo hace  siempre por primera vez. No tiene costumbre. El dolor es constante pero nuevo. Por eso cada año, cada minuto, sufre más. Toma un lápiz y una hoja de papel. Ecribe:

                  

    Queridas Coonie, Tina, Fernanda, Bianca, Pierina…Todas. No me habéis dado sino motivos       para matarme. Os felicito. Todo lo que me ha conducido esta tarde hasta aquí ha tenido su origen de una manera u otra en vuestras mentiras. No habéis tenido piedad conmigo. Espero que el tormento al que yo hoy pongo fin se reparta equitativamente entre vosotras. Habrá suficiente para todas. Ojalá tengáis cáncer. 
                                                                                                                            Cesare"



                                                                                                                                           …..

                                                                                           

“Aquí está el poeta frente a la muerte. El poeta sin poesía, agotado, seco, como un roble ante su último y peor invierno. ¡Vale la pena que el sol se alce del mar / y que empiece la larga jornada? Mañana, / con la diáfana luz, volverá el alba tibia / y será igual que ayer y nunca ocurrirá nada.

Prepara una pipa para suavizar la evocación de la mujer que llegó en marzo que lo importuna a estas horas. Se le impone un recuerdo del mes de abril, cuando Connie lo citó en el café Elena. Aquel mediodía, antes de encontrarse, él supo que volvería a sufrir, que todo se acababa otra vez.”



…..



“Pronto amanecerá. Está alterada (Alejandra Pizarnik). Está desorientada y alterada. Bajo ese estado desahuciado realiza una llamada telefónica al diario La Nación y pide que le pasen con alguien de obituarios «A estas horas, señorita, solo puedo ponerla con el personal de teletipos de la noche. Son las seis de la mañana», responde la telefonista, que enfatiza la hora. Dadas las circunstancias -desorientada, alterada-, Alejandra se conforma con eso.

Cuando responden al teléfono en la redacción, la poeta se imagina por la voz a un hombre joven, fumador y de poca paciencia, pero resulta ser especialmente atento, tal vez sin vicios. Alejandra se identifica con su nombre y apellido, y añade, modestamente el dato de la profesión. «Es un gusto hablar con usted. He leído alguno de sus libros. ¿En qué puedo ayudarla a estas horas»? Alejandra pregunta si ya tienen avanzada su necrología. «Es conocido que hay obituarios que conviene ir adelantando, para que la muerte no tome la redacción con todo por hacer.”



…..



“Ella no precisa más años. Avanza hacia el fin. Tiene vistas ya a la ruina. Ese estado mezcla de ausencia y desesperación total la empuja a tomar la tiza y escribir su último verso sobre la pizarra. «No quiero ir nada más que hasta el fondo.» Intuye que en ese momento acaban de pasarle mil cosas por la cabeza, porque siente como el golpe de una cascada de agua a la altura de su frente. Nada retiene. Las pastillas la guían por un lugar despejado. Pero eso todavía le parece insuficiente. Ve nubes altas. Ingiere todo el Seconal sódico que hay en casa. Cincuenta pastillas. Hace un intento de evocar las fructíferas amistades, aunque todo se desmorona como una ráfaga de otoño. La muerte se muere de risa pero la vida / se muere de llanto pero la muerte pero la vida / pero nada nada nada.”



…..

                                                                     



“Llenó (Gabriel Ferrater) el vaso que había en la mesa con ginebra y lo bebió de un trago. Había alcanzado el límite, el muro, todo comenzaba a resquebrajarse. Lo llenó una segunda vez y de nuevo le asestó un trago largo y definitivo. Luego acudió a su habitación, y en la mesilla de Marta, en el primer cajón, encontró una caja de tranquilizantes. Extrajo tres pastillas, que dejó respirar unos segundos sobre la palma de la mano antes de ingerirlas de un golpe. Lo hizo con un movimiento automático, echando hacia atrás la cabeza. Se desprendió de la gabardina y la abandonó sobre la cama. En el respaldo de una silla del salón colgó su americana. La soledad volvió a hablarle, pero lo interpretó como la ineluctable antesala del fin. Hacía tiempo que sabía que al cielo o al infierno se va solo. En ese vacío que lo rodeaba como un ejército ante el que no cabe más que rendirse, aún tuvo recordatorios. Recordó a Jaime Salinas, y cómo guardó silencio en 1957, aceptando que este momento llegaría, y sería inevitable que Gabriel cumpliese su augurio. Recordó que dejaba una deuda de treinta y nueve mil pesetas en la librería Herder, que con el tiempo Marta -conociéndola-  saldaría íntegramente, aunque a plazos. Recordó que a él no le ocurriría como a Raymond Chandler, que se quiso suicidar pero falló el tiro, y aunque nunca más lo intentó, tuvo que aguantar que sus amigos lo fastidiasen diciéndole que escribía buenas novelas de crímenes, pero que no sabía suicidarse bien. Todo lo que ocurrió después resultó mecánico, como si en realidad ocurriese en tiempo pasado. Fue a la cocina, abrió un cajón, sacó una bolsa de la basura, regresó al salón, se sentó en el sofá, se quitó las gafas oscuras, cubrió la cabeza con la bolsa, la apretó por el cuello, esperó. Por ahora no digamos nada: / no alarmemos a nadie / mostrando la herida / sangrante y purulenta. / Démosle tiempo y olvido. / Callémos hasta que nadie / ni yo mismo, / lo pueda / confundir aún conmigo”



(Juan Tallón, Fin de poema. páginas 45-46, 75-76, 80-81, 84-85, 157-158)

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