miércoles, 15 de marzo de 2017

José Carlos Peña: El abanico

                                    

A ella le inquietaba profundamente la presencia de aquel hombre. No por su aspecto de caballero, más o menos corriente, ni por su actitud silenciosa y distante, no exenta de cierta arrogancia; sino por su mirada.

Desde que empezó a dejarse ver en la ciudad se lo encontraba por todas partes, en la calle, en la plaza, en la iglesia, en el mercado, en el teatro; y experimentaba en cada ocasión el mismo desasosiego, porque era consciente de que sus ojos la seguían, la observaban, la contemplaban a distancia. Siempre con discreción, sin demasiada insistencia, aunque había veces que los ojos del hombre buscaban los suyos y ella corría entonces a refugiarse junto a sus amigas, su marido o diluyéndose cuanto fuera posible en el entorno de todas aquellas personas que siempre la rodeaban y entre las que se sentía una más, algo aburrida, pero segura. Sin embargo, en la intimidad de su cuarto y en el fondo de su corazón, la mirada de aquel hombre era como un rayo de luz que iluminaba secretos rincones, habitualmente oscurecidos por la soledad.

Él, por su parte, vivía atormentado por una timidez insuperable. Con los años se había acostumbrado a ella como quien se acostumbra a vivir con una enfermedad, una tara o una pesada carga que, inevitablemente, tiene que arrastrar toda la vida. Era un hombre solo, soltero y autosuficiente, capaz de afrontar cualquier empresa que no implicara excesivo trato con los demás, sobre todo si los demás eran mujeres.

Era consciente de que se engañaba a sí mismo, y de que el equilibrio tan precario que mantenía entre sus actos y sus sentimientos terminaría por venirse abajo en cualquier momento, cuando menos lo esperase. Y fue exactamente eso lo que ocurrió cuando la casualidad quiso que aquella mujer cruzara ante sus ojos.

Desde aquel instante su corazón anhelaba lo imposible, y sus pies lo arrastraban por las calles, las plazas, el teatro o el mercado buscando unos ojos que lo esquivaban, que rehuían su mirada, inquietos y temerosos, aunque secretamente complacidos.

Quizá, haciendo un enorme esfuerzo de voluntad, él podría haber sido capaz de atreverse a balbucir unas palabras, un torpe saludo que sirviera al menos para establecer un primer contacto. Pero ella nunca estaba sola y vivía inmersa en un mundo que era totalmente desconocido para él. Un mundo de relaciones sociales, lugares comunes y sobreentendidos envueltos en encajes seda y terciopelos, adornado con profusión de pamelas, sombrillas, abanicos, guantes de raso y zapatos de charol. Un mundo, además, que tenía sus propios códigos; su lenguaje secreto compuesto de gestos, miradas, actitudes y disimulos que resultaba impenetrable para alguien como él, acostumbrado a una vida donde la palabra llana y la mirada franca eran la moneda de cambio.

Intentó aprender, observando desde lejos y anhelando el momento en que, se sintiese capaz de dar un primer paso. Pero se había vuelto impaciente y empezaba a pensar que solo podría vencer la timidez con una buena dosis de temeridad.


Así, aquella noche en el teatro, ante la mirada atónita de ella, rebuscó nervioso en el interior de la chaqueta y extrajo un pequeño abanico. Luego, exhibiendo tanta determinación como torpeza, lo desplegó ante su rostro, lo agitó titubeante, volvió a plegarlo y repitió la operación, para que ella no tuviese ninguna duda de que estaba intentando decirle todas aquellas palabras que su boca no se atrevía a pronunciar.






© José Carlos Peña

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