sábado, 11 de marzo de 2017

Socorro González-Sepúlveda Romeral: Mi patio



 
Acrílico sobre papel

En el centro de la casa, como el corazón en el pecho, comunicando la parte habitada por la familia con cuadras y corrales estaba el patio, pero no  era solo un lugar de tránsito, aunque en invierno lo cruzásemos deprisa. En la época en que yo lo recuerdo, la de mi niñez, era  el lugar íntimo, casi mágico donde pasábamos gran parte de nuestro tiempo y realizábamos  muchas de nuestras actividades.


El patio de mis recuerdos es blanco y luminoso, sus  paredes  totalmente encaladas, los arriates, también blancos y llenos de flores rodeaban a un viejo peral y un granado. Cerca del portal crecía un lilo que florecía por Semana Santa. En la parte más umbría, la hiedra, que cubría una pared entera, formaba un hueco en el centro donde mi hermano, el seminarista, había hecho un altar (de ahí, había deducido mi madre su vocación y, por eso, había ingresado en el seminario). En la esquina más soleada, ronroneaban y se lamían los gatos, compartían el espacio con una pareja de palomas, que tenían su nido en el pajar, y una perdiz enjaulada, que mi padre usaba de reclamo para cazar.


En verano, cenábamos muchas veces en el patio recién regado, cuando mis hermanos mayores venían cansados del campo. Una vez por semana, se reunían mis tías con mi madre para peinarse a fondo. Eran tres hermanas, que quedaban de las cinco que habían sido, dos de ellas murieron de  parto. Yo no perdía detalle de la ceremonia: por turnos se cepillaban el pelo lentamente, mientras hablaban, luego, se hacían una larga trenza que les daba un aspecto aniñado y, por último, se recogían la trenza en un moño que les devolvía su aspecto habitual de señoras mayores.


Una vez al año, se sacaban los muebles al patio para blanquear las habitaciones; era delicioso esconderse entre las mesas y saltar en los somieres. También era una fiesta para nosotros, los pequeños, la llegada del colchonero que apaleaba la lana con una vara de nudos y, una vez mullida, hacía los colchones, pero lo que de verdad nos fascinaba era la llegada del “hombre de hacer fideos”. Como por arte de magia, iba sacando los fideos de una máquina, que previamente había instalado en el patio y, con increíble destreza los iba enrollando en unas varas largas, que colocaba entre dos sillas para secarlos al sol.  Nosotros le mirábamos embelesados. Él reía satisfecho.


Ha pasado mucho tiempo. La casa se reformó; el patio no es el mismo. Las paredes ya no están encaladas, el viejo peral se secó, el lilo es otro. Nadie se peina en su sombra, nadie hace altares, ni se arrullan las palomas, ni canta la perdiz. Nunca más volverán el colchonero ni el hombre de hacer fideos… En mi retina, cuando cierro los ojos,  el patio de mis recuerdos permanece inalterable, como entonces.   


 © Socorro González-Sepúlveda Romeral
 

4 comentarios:

  1. Ese era el patio de mi casa. Socorro me ha echo recordarlo. El colchonero, el hombre de los fideos, las cenas en verano recién regado con el agua fresca que sacaban del pozo....PRECIOSO RECUERDO.

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  2. Me alegro de que coincidan nuestros recuerdos. Gracias, Mariana.

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  3. Es fácil imaginar las estampas que describe Soco: la vida cotidiana, las costumbres, ...
    Me gusta mucho.

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