martes, 28 de marzo de 2017

De tertulia con... El abanico, instrumento de seducción

Abanicos japoneses

Cuenta la leyenda que el primer abanico lo arrancó Adán para Eva de un árbol del Paraíso. Este Adán no salía de un lío para entrar en otro. Lo menos que se podía imaginar, el primer hombre, es que llegaría el día en que esa pieza resultara imprescindible en el atavío de una dama, ya que a la sombra de un abanico se pueden decir muchas, muchísimas cosas.

Imaginemos que estando en una tertulia, una dama o tal vez un caballero, ya que en China lo usaban los dos sexos indistintamente, pretendieran ocultar, al resto de los asistentes, sus amores. Vano intento si en un lugar apartado está sentada una anciana viuda con espíritu de correveidile. Imposible perder detalle de lo que ocurre en el salón. Inocentemente desliza su mirada. De pronto ve que un caballero pasa el dedo índice por las varillas de su abanico y todo el mundo sabe que eso equivale a decir: “tenemos que hablar”.

Sin pérdida de tiempo la buena y discreta mujer posa sus cansados ojos en el grupo de las féminas y comprueba que una de ellas apoya los labios en el borde de su perico lo que significa “desconfianza”, otra se abanica despacio haciéndole ver su “total indiferencia”, pero hay una que se quita con el abano los cabellos de la frente, lo que hace revivir en la dulce anciana momentos felices de su antaña juventud, al comprobar que le estaba rogando al caballero que: “no la olvide”.

Uyuyuy… esto se anima, pensó la pizpireta anciana, recordando que la mujer oriental se sentía desnuda sin su abanico y como los japoneses son así, los condenados a muerte también recibían uno en el momento de salir hacia el patíbulo. Pero volvamos a pensar en cosas alegres, se aconsejó la venerable abuela.

En la Grecia clásica las sacerdotisas preservaban los alimentos sagrados agitando sobre ellos grandes paipay de plumas, costumbre que adoptaron los romanos. En la Europa medieval también se le daba un buen uso a ese útil instrumento y fueron los portugueses quienes en el siglo XV introdujeron el abanico plegable, procedente de China. 

Cuando Hernán Cortés llegó a México, Moctezuma le regaló seis abanicos de plumas con ricos varillaje y los incas del Perú eran tan aficionados a ellos que se lo ofrecían a los dioses. Hasta la reina Isabel I de Inglaterra decía a sus damas que una reina solo podía aceptar de regalo… un abanico. Catalina de Medicis y Luis XIV, ese que llamaban el rey Sol, tan cortesanos ellos, usaban este artilugio diciendo que no se podía servir al amor… sin su ayuda y concurso.

En España la reina Isabel de Farnesio dejó al morir una colección de más de mil seiscientos abanicos. Y nuestra dulce anciana, para no aburrirse en la tertulia, sintió en el alma no saber las gozosas historias que cada abanico pudiera guardar entre sus varillas y eso que en todos los libros de Historia está escrito que dicha reina consumió todo su tiempo y energías en las intrigas políticas.

Cuando Luisa Ulrica de Prusia se fue a casar con Adolfo Federico, rey de Suecia, el día antes hubo un percance, se le rompió su bello  abanico. Adolfo Federico recogió las piezas y las distribuyó entre los presentes, lo que dio lugar a la creación de la Orden del Abanico, en principio para ambos sexos, más tarde esta orden fue solamente usada por caballeros.

Hay quienes le llaman ventalle. Muchos de ellos fueron pintados a mano y reproducían cuadros famosos. Una descripción ligera distinguiría varias partes: la baraja que es el esqueleto plegable del abanico; el cuerpo o "país" que es la tela que va adherida a la baraja y que sirve para mover el aire; las varillas, tiras de madera que pueden ir caladas o pintadas. Las varillas maestras son la primera y última varilla, más gruesas que el resto; y el mango que permite manejar el instrumento. Pueden ser de marfil, hueso, concha, nácar, madera.

A la anciana se le había ido el santo al cielo recordando historias y a punto estuvo de no fijarse que una de las más bellas jóvenes se abanicaba rápidamente. Le estaba diciendo a alguien que le “amaba con intensidad”. ¿A quién? Pasó la mirada por el salón y un bello galán cerraba el abanico y se tocaba los ojos, signo inequívoco de pregunta: “¿Cuándo te puedo ver?” Y la joven sin recato alguno se cubrió la cara con el abanico abierto: “Sígueme cuando me vaya”.

Por estar tan atenta a esos jóvenes que tan bonita pareja podrían llegar a ser, casi no percibe a un caballero de mediana edad que a medio abrir el abanico lo posó sobre los labios, invitando a que “le besara” una dama que tenía enfrente. Craso error. Ella muy seria no perdió tiempo en pasar su abanico por la mejilla, haciéndole ver que era una “mujer casada”.

Entretanto la joven pareja no había perdido el tiempo, la pobre anciana lo último que pudo ver fue a la joven cerrar su abanico sobre la mano izquierda, lo que no tiene otro significado que no sea: “Me casaré contigo”. Estos van a un ritmo acelerado pensó con deleite nuestra alcahueta.    

Era un objeto tan esencial entre los chinos, que lo utilizaban en sus ceremonias. Allá por el siglo XVII el emperador chino Chun-Hi regaló a su esposa un precioso abanico fabricado en jade blanco, con mango de ámbar tallado y bajorrelieves. En cambio en Japón está unido a lo cotidiano, a lo artístico, a la ceremonia del té, por ejemplo.

La más antigua referencia documental en España aparece en la Crónica de Pedro IV de Aragón, donde entre los varios servidores del rey, se cita: "el que llevaba el abanico". También se mencionan "dos «ventall» de raso" en el inventario de bienes del príncipe de Viana y en contextos relacionados con la liturgia eclesiástica aparecen con frecuencia los «flabellum». Todas son referencias de finales del siglo XV, anteriores al comercio de la Península Ibérica con Oriente.

Los primeros maestros abaniqueros conocidos en España son del siglo XVII. Una muestra de los abanicos bordados españoles en aquel Siglo de Oro es el que aparece en “La dama del abanico”, cuadro de Velázquez pintado hacia 1635. Que nuestra metomentodo, no quiere pensar mal, pero la dama de Velázquez tiene abierto el abanico y lo muestra, lo que significa que le está diciendo a alguien: “Puedes esperarme”.
La dama del abanico.
Diego Velázquez (1635)
Colección Wallace, Londres. Reino Unido

Casi a punto de concluir el siglo XVIII, se oficializó el gremio de abaniqueros fundándose en Valencia, la Real Fábrica de Abanicos.
¡Qué manía tengo con las historias!, pensó nuestra deliciosa fisgona, al tiempo que posaba su mirada como quien no quiere ver y se topó con su amiga de la infancia, con la que iba al colegio, que ahora dice ser quince años más joven que ella, transmitiendo un mensaje: apoyaba su abano en la mejilla izquierda. Era un “no” rotundo y cruel al caballero que había dejado caer su abanico delante de ella. “Te pertenezco” susurraba aquel pericón desde el suelo en una apasionada y sumisa declaración.

¡Ay! Necesito un soplillo, un paipay, un abanillo, un aventador. Lo que sea. A mis años son demasiadas emociones. Siempre creí que ese caballero que hoy se ha puesto en evidencia, era mi eterno enamorado. ¡Qué decepción! 

Javier Bañares uno de nuestros asiduos tertulianos comenta que en Andalucía los hombres también usaban abanico, más pequeños que el de las damas, para que cupiera en el bolsillo de la chaqueta. 

Y estamos de suerte, entre nuestros asistentes tenemos a un hijo de maestro y pintor abaniquero… Mejor que nos cuente él la historia de su padre.


© Marieta Alonso Más


El oficio de mi padre







Se dice que el origen e introducción del abanico en Europa se debe a los jesuitas que vivieron en el siglo XVI en Corea. En el siglo XVII en Inglaterra comienzan a ser pintados a mano por grandes pintores. 

Su uso como herramienta de comunicación dio origen a la campiología, lenguaje basado en la orientación y forma de sujetar el abanico, llegó incluso a ser utilizado por agentes austriacas durante la primera guerra mundial.

Sin embargo, todo lo anterior para mí, se resume en la imagen que tengo cuando cada día mi padre colocaba sus pinceles sobre la pequeña mesa de madera que aún conservo, sacaba de su estuche y abría un abanico. Lo extendía con delicadeza comenzando la transformación que cada pincelada producía en la tela. El proceso era rápido y casi siempre orientado hacia el mundo de la tauromaquia, dentro del cual, mi padre era un pintor altamente apreciado.

El proveedor de los abanicos era Casa de Diego, tienda que aún hoy permanece abierta con más de un siglo de antigüedad, en la Puerta del Sol, nº 12 en Madrid, siendo en aquellos tiempos gerente don Arturo, quien siempre reconoció la calidad de los trabajos de mi padre llegando a exponer algunos de ellos en sitios tan distantes como Filipinas, Japón, Estados Unidos de América y Canadá.

Pero lo que es la vida, tantos abanicos que pasaron por mi casa y fueron pintados por mi padre y ninguno se dignó a quedarse a vivir con nosotros. Por eso cuando en la colección que dicho establecimiento tiene de los diversos pintores que trabajaron allí y veo algunos de los que fueron pintados por mi padre, me da tristeza de no poseer una o dos piezas, al menos.

Claro... que también es verdad, que aquellos años eran muy diferentes a los actuales y lo primero era sobrevivir y después abanicarse.

In memoriam, tu hijo.


Pintor: Alfredo Martos García
Pintor: Alfredo Martos García



Pintor: Alfredo Martos García



Ricardo Martos Lozano  




2 comentarios:

  1. Me parece un artículo muy completo respecto a dicho objeto e interesante la referencia de uno de los pintores más conocidos de su época.

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    1. Muchísimas gracias por su comentario. Un saludo afectuoso.

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