sábado, 17 de junio de 2017

Carolina Olivares: Cuánto me canso en el trabajo

El sueño del caballero (1655)
Cuadro del pintor barroco Antonio de Pereda






Hace años mis padres me llevaron a visitar un museo de arte contemporáneo, en un lugar –tal y como se cita en el libro del Quijote- de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y es cierto, pues no recuerdo el nombre del museo; tampoco sé cuáles eran los afamados pintores que pintaron los cientos de cuadros que decoraban las paredes del pasillo central ni las adyacentes, ni qué artistas esculpieron las magníficas esculturas que componían la galería que se ubicaba al fondo del colosal edificio que albergaba tantas obras de arte, las cuales, se repartían por sus estancias.

En cambio no he olvidado a un hombre de unos cuarenta años. Por lo que deduje mediante la observación trabajaba de vigilante en el museo. Aunque a mí en ningún momento me pareció que estuviera vigilando –salvo que lo hiciese para sus adentros- puesto que sentado sobre una silla de madera, tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta como un buzón de correos.

Por la parte alta de las esquinas de aquel habitáculo podían distinguirse cámaras de vídeo vigilancia que enfocaban los lienzos.

Pero… ¿Si las cámaras vigilaban las obras de arte? ¿Quién vigilaba al vigilante, que durmiendo como estaba, parecía ser una obra de arte más?

Ahí estaba el quid de la cuestión.

Desde entonces decidí que de mayor sería vigilante de museo.

Aquel trabajo era una verdadera ganga: se podía dormir a pierna suelta. Encima, como los que manejaban las cámaras siempre tenían que enfocar las esculturas y cuadros, puesto que en el caso de haberlas movido y descubrir el descuido del trabajador, tampoco podrían decir ni mu porque entonces la bronca que les caería por parte del director del museo sería descomunal… So pena de perder el puesto del trabajo, por estar las obras por encima de las personas.

¡Ay, qué a gusto se duerme en el trabajo! ¡Hasta ronco y todo!

Y qué bien se está: en invierno con la calefacción y en veranito dándome el aire acondicionado en la cara.

¡Esto sí que es vida y lo demás son pamplinas!




© Carolina Olivares Rodríguez

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