lunes, 17 de julio de 2017

Carolina Olivares: Porque hay que vivir la vida








   Mis amigas y yo, tras la jubilación, decidimos apuntarnos al gimnasio. Ahora sí que sí disponíamos de todo el tiempo del mundo, y ya no vivíamos agobiadas ni sometidas a estrictos horarios. Los hijos estaban emancipados, y nuestros maridos... Bueno, por ahí andaban, liados con sus cosillas: que si quedar con los amigotes para salir a caminar un rato por las mañanas o echar la partida por las tardes. Que si nos vamos a ver las obras o a tomar unas cervecillas… Pues eso, lo típico.

Los años no perdonan y los kilos menos. Por tanto ir al gimnasio parecía la solución perfecta para bajar los cinco kilillos que teníamos almacenados de más, principalmente en las cadenas.

Nos propusimos ir al gimnasio a hacer deporte cinco días a la semana, es decir, de lunes a viernes, un par de horitas en horario matutino. La primera hora (de 08:00 a 09:00) los martes, jueves y viernes íbamos a clase de yoga, y los lunes y miércoles nos apuntábamos a espalda sana. La segunda hora (de 09:00 a 10:00) la pasábamos en la sala, haciendo cardio, bien andando en la cinta o dando pedales a la bici estática. A ver, aunque nos habíamos fijado dos horas, tampoco nos matábamos.

Realmente fue acertada la decisión. Nos resultaba divertido, charlábamos… No sé. Aparte, luego venía lo mejor. Al terminar y tras ducharnos y demás, nos íbamos a desayunar a una cafetería cercana. Y como estábamos hambrientas después del ejercicio y se suponía que habíamos quemado muchas calorías, nos metíamos entre pecho y espalda un desayuno brutal consistente en un tazón de chocolate con dos porras y seis churros cada una. Y como a veces nos quedábamos con hambre pedíamos también algo de bollería.

Y es que todo eran ventajas porque, como ya he dicho, matarnos no nos matábamos, pero oye, entre tanto ajetreo... Adelgazar, tendríamos que adelgazar por fuerza ¿No?... ¡Qué va!!! Al revés: engordamos diez kilos.

-Si es que… A quién se le ocurre venir al gimnasio a hacer deporte y luego desayunar como mulas.- Nos dijo uno de los monitores.- Pues vaya negocio hacéis: quemáis 500 calorías aquí y a la media hora os metéis casi el doble allí, en la cafetería. Ah, y con eso de hacer deporte lo mismo coméis durante el día sin control…

Jolines con el monitor, debía ser adivino porque acertó de lleno.

Y bueno, después de lo ocurrido, mis amigas y yo ya no vamos al gimnasio: quedamos directamente en la cafetería para desayunar… Porque ya que no adelgazamos ni a tiros, pues nada, qué le vamos a hacer... Además, aunque tengamos algún kilo de más… A nadie tenemos que conquistar ya... Así que, a estas alturas de la vida, qué nos quiten lo «bailao».



© Carolina Olivares 

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