Existen varios tipos de silencios.
Habitualmente, son las personas que se encuentran inmersas en él las que le
otorgan un nivel de incomodidad u otro. En el caso del que cubría la inhóspita
sala de audiencias de la reina podría catalogarse de peligroso, casi de
una sensación física. Los helados ojos de la reina y la sonrisa taimada que se
había apoderado de su boca tampoco ayudaban a mitigar aquella tensión que el
joven sentía en la nuca.
Para él, lo único que existía eran aquellos
ojos, de tono de azul tan claro que recordaba a los carámbanos de hielo que
abundaban en el norte del país. Ni los cortesanos reunidos, que más que
personas eran como maniquís carentes de vida, ni los guardas apostados en la
puerta, ni la nieve que caía fuera eran suficiente motivación para apartar la
vista de la soberana, como siempre había sido.
Toda una vida juntos y ahora se encontraban en
la mayor encrucijada de sus vidas, ¿seguir el destino marcado desde antes de
su nacimiento o dar un golpe en la mesa y decidir por ellos mismos? Era lo
que más anhelaba Balder, pero la reina Malmfrid era tan difícil
de leer como siempre. La dama alzó la cabeza con aire divertido y le instó a
hablar. Aquel juego de miradas se había prolongado más de lo necesario.
— Majestad, os solicito
una audiencia privada.
— Como debéis saber no
recibo de manera privada. Lo que queráis decir debéis hacerlo delante de mi
Corte.
O lo que era lo mismo, de una pandilla de
descerebrados sin ningún tipo de aspiración. Balder asintió y descubrió
cierta chispa en los ojos de la reina con los que no había contado, quizás…
— Os amo — explicó el hombre,
sin pararse a dar más explicaciones.
—Claro,
todos me aman. Soy la reina y vos sois mi esposo —se picó ella,
dubitativa por primera vez.
—No lo entendéis —dio un paso hacia ella, que
ya levantaba la mano en dirección de las posibles interrupciones, de los
guardias seguramente —no os amo porque nos lo hayan impuesto, no
os amo porque sea mi deber. Os amo como un hombre ama a una mujer, no
como lo haría tan solo vuestro consorte.
La brutalidad de las palabras, por lo directas
que habían sido, hicieron que el silencio habitualmente imperante se rompiera.
Los murmullos comenzaron a subir de volumen e incluso la coraza de Malmfrid
se resquebrajó un poco. Balder lo supo y puede que hasta algún cortesano
con la suficiente perspicacia. Cuando levantó la mano su marido se temió lo
peor y se dejó caer de rodillas, quizás hubiera ido demasiado lejos. Pese a
quererla como lo hacía, era terrorífica, y él no era el más valiente del reino.
Nunca lo había sido.
—Fuera.
—¿Mi
reina, queréis que me marche, queréis…?
—Vos
no, todos los demás.
No
tuvo ni que barrer el salón con la mirada para que la Corte comenzara a salir
por la puerta de manera ordenada, pero sin
pausa, al igual que su guardia personal. Cuando se escuchó el golpe de la hoja
de madera al cerrarse la escarcha habitual en los ojos de la soberana habían
sido sustituida por magma volcánica.
Balder
bajó la cabeza y apretó las manos sobre las piernas, se sentía paralizado. El
frufrú de la tela de las faldas de la reina hizo que apretara un
poco más las manos y la sombra que se avecinaba contra él desbocó su corazón.
Fueron unos minutos interminables en los que sintió que se le iban a salir las
entrañas por la boca, el summum de la tensión llegó cuando ella se dejó
caer frente a él. Que sus manos se fueran acercando hasta él le pareció un
movimiento que venía de una realidad paralela. O de un sueño tal vez. Uno que
continuaba con los pálidos de la reina bajo su mentón obligándolo a mirarla.
—Balder,
¿qué vamos a hacer ahora?
—Romper
con la tradición.
Una
que dictaba que en cuanto la reina hubiera concedido una heredera acabarían con
la vida de su esposo. Una que los separaba con el nacimiento de una pequeña
princesa. Una, que llegados a este punto, parecía inaceptable. Para ambos.
© MJ Pérez