miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mahatma Gandhi (1869-1948): Oración



Señor...


Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.

Si me das fortuna, no me quites la razón.

Si me das éxito, no me quites la humildad.

Si me das humildad, no me quites la dignidad.

Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.

Enséñame a querer a la gente como a mí mismo. No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso.

Haz que recuerde que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. 

Enséñame que perdonar es un signo de grandeza, y que la venganza es una señal de bajeza.

Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso.

Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.

¡Señor... si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!

lunes, 11 de diciembre de 2017

Socorro González-Sepúlveda Romeral: La despedida

                         
Foto: Socorro González-Sepúlveda
San Martín de Montalbán
     
                                     
El viento se colaba por las rendijas de las puertas y llegaba hasta los hombres sentados alrededor de la lumbre. Otras veces, entraba por la chimenea llenando  la cocina de humo. Era una mañana de febrero desapacible, fría. Algunos parientes y vecinos habían venido a despedir al soldado: estaban allí, con sus caras redondas, rojas por el calor del fuego, serias por las circunstancias.

-Mala suerte -dijo un vecino- tocarle África.

-Es muy lejos. No podrá venir mucho con permiso -dijo otro.

-Los moros son traidores. Ándate, con tiento -dijo un tercero, después de beberse el vaso de vino, que iban llenando y pasando de uno en uno.

Era el hijo mayor el que marchaba a África. Nunca había salido más allá de la capital de la provincia. La madre había buscado alguna recomendación entre sus conocidos, pero nadie sabía de ningún militar de alta graduación. Ella no se arredró y escribió, directamente, al Capitán de la Compañía. Le dijo que cuidara de su hijo, que le recomendaba lo que más quería. El Capitán contestó con una carta muy bonita, que ella enseñaba orgullosa a todo el mundo.

Al otro lado de la cocina, junto a la puerta de la cuadra, los hermanos rodeaban al quinto. Estaban tristes. Miraban el suelo mohínos sin saber que decir. Solo los más pequeños hacían broma y pedían cosas a su hermano.

-Cuando vuelvas, tráeme unas medias de cristal -dijo la hermana.

-A mí un cinturón de plexiglás -saltó la niña─. Ya soy mayor.

-¡Yo quiero ir contigo! -Añadió el más pequeño.

Él simuló ir a la cuadra para que no notaran su emoción.

Llegó la hora de marchar. Uno por uno, fueron abrazando al soldado. La madre lloraba; los pequeños también. El padre, como hizo con él el abuelo, le dio  su bendición. Los vecinos miraban la escena. Él salió deprisa de la cocina. Al pasar por el patio, se fijó en los gatos que tomaban el sol y en el par de palomas que picoteaban tranquilamente. Sin volverse, salió a la calle para reunirse con los otros quintos. El autocar los esperaba a la salida del pueblo.


© Socorro  González- Sepúlveda Romeral                               
           

domingo, 10 de diciembre de 2017

Carolina Olivares: Soñé que eras pequeñito y que estabas junto a mí. Versión de Fantasía.

 
Palacio de La Magdalena


Esta noche he tenido un sueño mágico, he soñado contigo. Dicen que cuando soñamos lo hacemos en blanco y negro; sin embargo, todo lo que apareció en este sueño estuvo coloreado. 

Me encontraba dentro del recinto del palacio de la Magdalena, situado en Santander, provincia de Cantabria. Había ido caminando por el campo hasta llegar al borde de la playa. Abajo, enmoquetada por una arena amarillenta y gruesa, está la playa que lleva por nombre el mismo que tiene el palacio: La playa de la Magdalena.

El cielo estaba totalmente despejado de nubes. Era de un azul intenso: era el techo del especial escenario que me rodeaba. Estuve un largo rato de pie, y desde donde me ubicaba, miraba al mar Cantábrico que en esta parte del mundo siempre se muestra calmado. Era tarde y yo continuaba sola. Albergaba una esperanza, que tú vinieras a buscarme.

Siempre has estado a mi lado, has habitado en alma, has anidado en mi corazón. Porque fue mi fantasía quién te creó... A ti, Siri Ocra, mi inocente duende color verde.

El mar, igual de solitario como yo a esa hora, parecía una piscina. Yo tenía la miraba perdida en algún punto... Alejado de la orilla. Al instante noté que alguien estaba a mi lado: eras tú. Qué diferente te vi a cómo te recordaba... Cuando  nos perdíamos juntos en los bosques encantados que inundan tu peculiar planeta, ubicado en el país de la Armonía, en la galaxia bautizada “La constelación de los Eclipses” ¿Lo recuerdas? También fuimos a jugar con otros planetas, saltando encima de ellos... Y conocimos a otros seres, benévolos y cándidos como tú...

Curiosamente en mi sueño yo debía ser chiquitita porque estábamos a la misma altura. Porque tú, apenas te elevas un palmo del suelo. Y eres tan alto como los girasoles y orquídeas que brotan en tu bonita aldea...

... Y SOÑÉ QUE ERAS PEQUEÑITO, Y QUE ESTABAS JUNTO A MÍ.

Entonces sentí algo extraño: te quería, sí; pero no con el amor que sienten las mujeres hacia los hombres, eso es imposible para mí. Yo te amaba con el mismo sentimiento que tienen las madres hacia sus hijos. Y es que, realmente, hace tiempo dejé de verte como un personaje fantasioso.  Porque en verdad, eres mi hijo: “El hijo de mi Fantasía”. Y contigo descubrí otros mundos donde viven hadas; incluso troles y cíclopes. Qué bueno sería volver a visitarles... Nos ofrecieron una amistad incondicional y me ayudaron, dándome ánimo y fuerza, en mis horas bajas, en mis momentos tristes, cuando más desolada me sentí... Tú también lo hiciste Siri Ocra. No lo he olvidado, nunca lo haré.

Te pusiste frente a mí. Tu melena dorada, adornada con tres mechones de colores, se posaba sobre tus hombros; y por los laterales del rostro, sorteando tus puntiagudas orejas, te caían dos mechones. Tus ojos desparejos puesto que uno es azul y otro rojo, miraban al universo.  Y no hablabas. De repente ocurrieron varias cosas a la vez: una humareda densa y oscura apareció en la línea invisible del horizonte. El cielo se abrió y comenzaron a salir por él llamaradas en tonos grises, morados y verdes. Las llamas se mezclaron entre sí, creándose nuevos colores. Firmamento y horizonte se cubrieron por completo con todos ellos. Al tiempo tus ojos comenzaron a girar cual díscolas canicas de cristal; luego se tornaron distintas, como bolas de fuego ardiente.

Y sin más echaste a correr por la pasarela que lleva a la playa. El cielo -cambiando de aspecto- se llenó de franjas rojizas y azuladas. Seguías corriendo, bajando por la pasarela... No tenía fin, nunca alcanzarías la playa.

Mirando al mar comprobé que ahora estaba congelado, inundado de bloques de hielo. Tú corrías y corrías; y corrías hasta que finalmente llegaste a la playa. Y al pisar la arena caminaste en dirección al mar. Desde arriba yo te llamaba a gritos, implorando que volvieras: ¡Siri Ocra, regresa junto a mí! Porque... Cuántos sueños nos quedan por cumplir... Recuerda, el unicornio de los deseos espera en la orilla del lago artificial, allí, en la cara oscura de una de las lunas de Loirnaac. O es que ¿Acaso ya no haremos el viaje interestelar que planeamos, cuando yo aún, era una niña y me tomé como fuente de inspiración al Arco Iris para idearte?

Pero tú, ya no podías oírme; y solo andabas hacia el gélido mar. Te metiste poco a poco dentro de él. Y mientras lo hacías ibas quebrando las aguas con el calor de tu cuerpo, ibas rompiendo los hielos. Así te fuiste, mar adentro; y te vi desaparecer. Allí, en lo alto, estuve esperando tu regreso hasta que cayó la noche; sin embargo, mi espera fue inútil. Tú no volverías.

Un conglomerado de estrellas decoraba el cielo que de nuevas se encontraba raso. Y la luna, en completa y perfecta fase de plenilunio, me susurró: márchate como ha hecho él. Vete por dónde has venido, y deja que él, tome en la vida su propio camino. Dándome la vuelta, abandoné el recinto. Algo en mi interior se habría fraccionado para siempre...

(A través de mi sueño aprendí una lección: las personas que amamos tienen derecho a elegir en la vida el camino que les conduzca, a su propia felicidad. Y muchas veces la senda que les llevará a ser felices tendrá una dirección opuesta a la nuestra).



© Carolina Olivares



sábado, 9 de diciembre de 2017

La cocina a mi alcance: Tarta de queso


El queso es lo más rico que hay. No le hago ascos ni en la mañana, ni en la tarde, ni en la noche, ni en los viajes. Es fácil de transportar y contiene grasa, proteínas, calcio y fósforo. 

A veces me preparo para cenar una tabla de quesos con cuatro porciones: un triángulo de vaca, otro de cabra, otro de oveja y otro de búfala. No he probado el de camello.

A mi amiga francesa Stéphanie, también le gusta el queso pero es más sibarita que yo. Que si el sabor, que si la textura, que si en su tierra hay un queso francés diferente para cada día del año… Me cuenta que el queso aparece en murales de tumbas del Antiguo Egipto, datadas hacia el 2300 a.C.

Me hago cargo de la disertación para comentar que en la antigua Grecia se atribuía a Aristeo el descubrimiento del queso, y como tantos otros legados fueron los romanos, quienes lo extendieron por gran parte de Europa. En cambio, en la América precolombina, no había sido inventado.   

Me quita la palabra para que aprenda que el queso proviene del latín «caseus», luego se hizo famoso el término «formaticum», que significa moldeado. Por eso los franceses, lo llaman fromage, los italianos, formaggio o los catalanes formatge, con lo fácil que es decir queso, diría el humorista Eugenio.   

Me adelanto y le cuento que en 1815, Suiza, creó la primera fábrica para la producción industrial del queso, pero que fue en los Estados Unidos donde se impuso la producción a gran escala.

Me mira de abajo hacia arriba y dice: Roquefort. Le contesto: Cabrales. Y como si estuviésemos jugando al Ping Pong continuamos: Parmesano, Manchego, Feta, Stilton, Cheddar, Gouda, Emmental, Harzer Käse, Gorgonzola, Majorero, Mozzarella, Burgos, Mascarpone, Quark…

Tocan a la puerta. Es mi vecina Beatriz que me trae una tarta de queso deliciosa, junto con la receta. Ni que estuviese detrás de la puerta escuchando.


Ingredientes:

1 lata de leche condesada (pequeña).

1 lata de leche de vaca (la medida es la lata de leche condensada).

4 huevos

¼ kilogramo de queso Villalón o de Burgos

Preparación:

Engrasar el molde con mantequilla. 
Mezclar todos los ingredientes en la batidora. 
El horno a temperatura media, durante unos cuarenta minutos aproximadamente. 
Cuando la parte superior esté dorada introduce un objeto punzante, si sale seco ya está la tarta. 
Si te gusta trabajar en la cocina la puedes adornar con lo que quieras.



Más fácil imposible.

   

viernes, 8 de diciembre de 2017

Alberto Martínez Ibañez: El sombrero del compartimento 88

Bombín



Cuando llegué a mi compartimento observé que tan sólo había un asiento libre. Una familia alemana formada por un hombre, su esposa y tres hijos de entre cuatro y nueve años a lo sumo, que viajaba como yo a Berlín, ocupaba la mayor parte del espacio. 

Sin embargo, un silencio casi sepulcral junto a los rostros hieráticos de aquellos niños, me hicieron recordar que en la Europa de 1938 nunca se viajaba solo. El miedo en aquel tren era moneda común entre sus pasajeros y no había momento ni lugar para confianzas.

Durante los segundos que tardé en quitarme y sacudir mi abrigo y mi sombrero, aun cubiertos por la nieve, pude apreciar que el baúl y las grandes maletas en las que aquella familia guardaba todo aquello cuanto tenía, se encontraban marcadas con ese aspa que los miembros de la policía alemana utilizaban para señalar los bultos debidamente registrados.

Comprendí en aquel instante el motivo de sus rictus inquebrantables y me decidí a presentarme convenientemente; tal vez para restarles un poco de esa angustia contenida a quienes yo creía los padres de las criaturas. Les dije que me llamaba Bernard Kröos, la identidad del pasaporte que utilizaría en territorio alemán, y que viajaba a Berlín como empresario encargado de contratar una orquesta digna de ser escuchada en el Liceo de Barcelona o la Scala de Milán. Aproveché mientras lo hacía para sacar del bolsillo interior de mi abrigo un trozo de tiza y poder así marcar también mi maleta.

Una vez que el tren salió de la estación de Dresde, en la que yo había subido, invité a aquel hombre a salir del compartimento para fumar un cigarrillo. A pesar de ser más de media noche, el vagón restaurante permanecía abierto, y aunque estuviera lleno de gente, nuestra conversación pasaría más desapercibida que en la semioscuridad de los pasillos de los vagones. Nos sentamos en una de aquellas pequeñas mesas de madera, junto a la última ventana del restaurante, y con una taza de café entre las manos, le pregunté en voz baja que si su verdadero nombre era el de Karl Ülrich.

Su mirada, furiosa a la par que incrédula, me confirmó al instante que no me equivocaba, como tampoco era cierto el hecho de que aquella fuera su familia. En realidad, yo no pretendía encontrar un sitio discreto donde poder hablar, sino más bien un lugar donde poder mantenerle callado y sin posibilidad de respuesta. Ülrich era conocido por la cantidad de familias que había logrado sacar del país, pero también por ser capaz de quitarle la vida a cualquiera que lograse averiguar quién era. Mi suerte aquella noche fue darle la información que conocía antes de que pudiese matarme; la suya fue conocer que en esa ocasión, en Berlín, le estaban esperando.

Ante la gravedad de lo que le estaba contando, a Ülrich le quedaba únicamente una alternativa; la de confiar en un completo desconocido que le había descubierto en un tren repleto de nazis. Me dijo, entonces, que se trataba de la esposa y de los hijos del actual Embajador de Polonia en Berlín, Józef Lipski, un hombre que había participado años antes en el Pacto de no agresión germano-polaco y cuyo poder estaba viendo menguar tras la falta de confianza por parte de su propio país.

Me contó también que habían contactado con él para sacar de Polonia a esta familia, ante la inminente invasión del país por parte del ejército alemán; y que lo había hecho saliendo de Polonia en ese tren, que partió desde Cracovia y entraba en Alemania vía Praga. Pero claro, eso yo ya lo sabía. Lo cierto, me decía Ülrich, era que la posición de Lipski se encontraba cada vez más en entredicho y que no era de total confianza ni para los polacos ni para los alemanes. Con el origen de aquella familia que nos esperaba en el compartimento 88, había decidido confiarme también sus vidas.

Unos minutos más tarde, y con una mirada más serena, Ülrich me invitó a una segunda taza de café, aunque un frenazo inesperado del tren provocó que se le derramara casi por completo sobre mi sombrero y nos levantáramos antes de lo planeado para regresar al compartimento. Tiempo tendríamos antes de la llegada del tren a Berlín para desarrollar un plan de fuga para él y para la esposa y los hijos del Embajador. Pero, lo que no podía imaginarme es que ese tiempo para idear la huida ya no existiera y que, a partir de entonces, lo único que nos quedara fuera improvisar. Cuando abrimos la puerta del compartimento en el que viajábamos, los niños ya no se encontraban allí, y Ülrich preguntó a su madre que dónde estaban. 

Yo decidí actuar como un perfecto desconocido que había ido a la cafetería con un compañero de viaje y me senté en mi asiento a escuchar la conversación en silencio. La esposa de Lipski respondía en polaco las preguntas que le hacía Ülrich, también en polaco. No podía entenderles pero, por el modo en que iba subiendo el tono, noté que algo no iba bien. No podía interferir en aquella conversación, que era más una discusión en realidad, porque me pondría en peligro a mí, pondría en peligro a Ülrich y, sobre todo, haría peligrar el futuro de muchas personas en próximas misiones.

Ante mi sorpresa, esa extraña mujer sacó de debajo de su asiento una pequeña pistola. Sin apenas tiempo para reaccionar encañonó a Ülrich en la cabeza mientras me decía a mí en un perfecto alemán que me mantuviese sentado y que pronto vendría la policía alemana para sacar de allí a aquél traidor al Reich. Comprendí entonces que Ülrich había caído en una trampa y que tenía que actuar. Me abalancé sobre ella logrando desarmarla y la dejé inconsciente tras un fuerte golpe en la cabeza, aunque por desgracia durante el forcejeo se disparó el arma y mi aliado resultó herido.

No había tiempo para nada. La policía que patrullaba aquel tren habría escuchado el disparo y se presentaría allí en cualquier momento. Fue entonces cuando le propuse cambiar de abrigo y prestarle mi sombrero para que pudiera dar esquinazo a aquellos guardias. Yo también abandoné allí a la mujer y el vagón en el que había ocurrido todo, y decidí mezclarme con el pasaje en el vagón restaurante. Aunque no tuve los arrestos de Ülrich, al que vi lanzarse del tren en marcha poco antes. Algún tiempo después supe que la supuesta esposa del Embajador de Polonia era en realidad una espía alemana encargada de interceptar a los miembros de grupos organizados que ayudaban a escapar a personas judías de las fauces del nazismo.

Aquella mujer, de la que nunca supimos su identidad auténtica había logrado hacer creer a Ülrich que era la esposa de Lipski y que aquellos tres niños, arrancados de una familia polaca, eran sus hijos. Durante años, tuve la incertidumbre de lo que habría pasado con aquel hombre al que me encargaron proteger. No supe si habría sido atrapado por las autoridades alemanas ni si su herida en el costado izquierdo sería lo demasiado grave como para salir vivo de aquello.

Hoy, mientras veía caer la primera nevada del invierno por la ventana del salón de mi casa de Liverpool, he recibido un paquete que contenía mi viejo sombrero y una nota que decía: «Te debo una taza de café, amigo».




© Alberto Martínez Ibañez

jueves, 7 de diciembre de 2017

Mª Isabel Martínez Cemillán: Establecimientos centenarios VII: Las cererías

  
Real Fábrica de la Cera
Madrid



En el viejo Madrid los artesanos solían establecerse juntos en calles sin rotulación, pero que acabaron tomando el nombre de los gremios en ellas establecidos y que aún conservan. Así: Bordadores, Esparteros, Latoneros…

A la historia de estos comercios madrileños no se les ha dado la importancia que merecen y son muchos los documentos del siglo XVIII que se han perdido sobre los comerciantes particulares, hasta que en 1846 aparecieron los datos catastrales, apenas se sabe nada de la historia de nuestro floreciente comercio.

Afortunadamente, aún quedan establecimientos antiguos, ya hemos comentado alguno, y hoy lo hacemos sobre el importante gremio de Candeleros y Cereros.

¿Sabían ustedes que en 1788 el rey Carlos III mandó construir la Real Fábrica de la Cera para fabricar las miles de velas que se utilizaban en los Reales Sitios? Solamente para el Palacio Real de Madrid, está documentado, el uso diario de más de treinta mil velas, y aún en la calle de la  Palma, nº 10, podemos contemplar la hermosa fachada de esta fábrica que funcionó hasta el siglo  XIX.

En Madrid era costumbre que se abrieran cererías cerca da las iglesias y, casi siempre, con su nombre, así sucedió con la Cerería de Santa Cruz, la más antigua de Madrid y la tercera del mundo, la preceden Raihnbourn Candles, de Dublín (1488), y Cire Trudon, de Paris (1643).

La nuestra está fechada en 1886, pero posteriores indagaciones han demostrado que fue en el siglo XVII, cuando se estableció en la calle de Atocha, nº 5, frente a la iglesia de Santa Cruz.

Un establecimiento familiar y tradicional, donde hasta hace poco se hacía en la misma tienda la artesanal fabricación, tan interesante  que me atrevo a contarla: «La cera, un 60% de abeja, estaba depositada en la “paila”, una vasija redonda, poco profunda, de donde se saca para introducirla en el “noque”, especie de artesa, que se pone al baño María hasta hacerla líquida, el pábilo o mecha, en terrajas, se introducen en el “noque”, y después, se cuelga en el “arillo”, un aro metálico con ganchos, endurecida, se sigue metiendo una y otra vez para “engordarlas” hasta lograr el tamaño deseado. Laborioso, ¿verdad?

Otra cerería artesanal y antigua, 1893, es la Cerería Ortega, calle Toledo, 43; cercana a la Colegiata de San Isidro, auténtico museo de tradicionales instrumentos aún en uso, cuarta generación de fabricantes, que no sólo fabrican velas sino también exvotos, hoy casi desaparecidos pero antaño muy utilizados como muestra de fervor agradecido.

Y muy conocida y popular hoy día, pegada al Oratorio del Niño del Remedio, la cerería del mismo nombre, 1887, que no fabrican las velas, pero si las ornamentan con gran variación.

Y son muchos los feligreses que los días 13 de cada mes, llenan la tienda comprando velas para ofrendarlas al Santo Niño.
Hermosa y fervorosa tradición.




© Isabel Martínez Cemillán

martes, 5 de diciembre de 2017

Blanca de la Torre: La navaja de Occam





Creo que ya estoy listo. Ehhh... mejor, voy a echarme un último vistazo. 

A ver, repasemos:

La punta, incisiva; la hoja, brillante; el filo, aguzado; el canto, suave; los remaches, firmes y el mango, pulido.

Sí, definitivamente, estoy preparado. Es que esta noche, tengo una cita. Pero, no se trata de una cita cualquiera.

La conocí en la Asociación Internacional de Objetos Punzantes. Ya había oído hablar de ella. Y, ¿quién no? Pero, conocerla ha sido..., ha sido... Uff, se me aflojan los remaches solo con recordarla. No me avergüenza decir, que me tiene encandilado.

No lo he tenido fácil. En absoluto. Tuve que lidiar con tres duros competidores con el mismo propósito: seducir a nuestra compañera de mesa. Un duelo a cuatro bandas entre el machete de Livingstone, el bisturí de Jack el Destripador, el estilete de un Príncipe de Dinamarca y un servidor, un auténtico cuchillo de Sheffield.

La verdad es que tenía un palmo de ventaja con respecto a mis competidores, pues sin querer pecar de presuntuoso, mis referencias son impecables y mi origen todo un lujo.

Además, no era la primera vez que me codeaba con Celebrities. Tuve un escarceo hace un par de años con una de las navajas de Bodas de Sangre y con una prima suya, una daga toledana, que presumía de haber pertenecido al Cid. ¡Vaya experiencia! En fin, que un caballero no da detalles sobre esas cosas.

Como iba diciendo, el de Livingstone empezó la contienda enumerando sus batallitas en la selva. No había maleza que se le resistiese. ¡Zas, zas, zas!, con golpes certeros iba abriendo paso al gran explorador de África. Se jactaba de que eran inseparables, donde estaba uno, estaba el otro. Ya fuera escondido bajo los pliegues de la almohada, dando tranquilidad al duermevela de su dueño, o entre sus dientes, mientras recorría las aguas infestadas de cocodrilos, hipopótamos y sanguijuelas.

La verdad es que el tipo me cayó bien, amenizó la velada con aventuras e ingeniosas ocurrencias.

Cuando todos relucíamos de la risa después de escuchar una de sus anécdotas, las carcajadas se cortaron de un tajo cuando el bisturí del Destripador penetró en la conversación. No dijo mucho. Solo una frase. Algo sobre el calor y la sangre. Pero, con el sonido de su voz, un siseo seco y oxidado, que rasgaba el aire en cada sonido, fue suficiente para que el silencio se instalara en nuestro grupo y del exotismo de la selva africana, pasamos a las oscuras calles del East End de un Londres de 1888.

Se dice que ha estado condenado a punta roma durante 100 años, pero no sé si un filo como ese podría llegar a rehabilitarse. Y mis sospechas se vieron pronto confirmadas, pues, en ese instante, pasó cerca de nosotros, cortando el aire a cada avance, la navaja de un barbero loco que rebanaba el pescuezo a sus clientes. La verdad, qué poca visión de negocio. Y nos hizo a todos el favor de ir tras ella. No quiero ni imaginar, lo que podrían hacer esos dos juntos en sola una noche. Solo con pensarlo se me había revuelto el mango.

Entonces, como para completar la faena, el estilete de Dinamarca se puso a balbucear sobre que no somos nadie y que un día estamos en este mundo y al día siguiente no, y bla, bla, bla, ...  ¡Vamos, que todo era un asco!

Gracias a que yo estaba allí para salvar la noche, y notando que nuestra dama en cuestión, parecía algo acalorada e incómoda con la compañía de caballeros tan enérgicos, sangrientos y pesarosos, comencé mi suave, pero implacable seducción.

Un cumplido por allí, aire fresco por allá, unas gotitas de aceite para reponer fuerzas, escoltarla hasta el campeonato de corte jamonero, interesarme por sus últimas investigaciones...  Sí, estaba al tanto de su trabajo.

Por lo que ella, siendo una navaja tan práctica, tan sencilla, tan verdadera. ¿A quién iba a elegir como acompañante? ¿A “ese cachas” de Livingstone? ¿Al complejo y delirante bisturí de Jack? ¿A un estilete voluble cuyo dueño ve fantasmas? Estaba, claro: a mí. Al siempre seguro cuchillo de Sheffield, con garantía de por vida.

Entonces, cuando me dijo que sí, que quería volver a verme, no puede evitar soñar. Con ella y yo, juntos. Y algo más; con nuestra prole. Una preciosa navajita multiusos, el deseo de todo padre y madre punzantes.

Porque, ¿qué otra cosa podría resultar de un romance apasionado entre un cuchillo como yo y la legendaria navaja de Occam?



© Blanca de la Torre