domingo, 28 de mayo de 2017

De tertulias con... El sombrero

Sombrero cordobés






La historia usa sombrero. Y ¿usted?

Su origen es difícil de datar. Al parecer su primer uso fue para fines funcionales como librarse del sol ardiente, de la lluvia pertinaz, del frío, ya que los primeros eran de fieltro, de lana. Luego como es natural se fue transformando a lo largo del tiempo y se comenzaron a usar con fines estéticos. Si ponemos atención hasta se puede descubrir sin palabras el status social del portador, años ha… la monarquía se distinguía por los sombreros grandes, vistosos, de terciopelo y adornado con cintas, piedras preciosas y plumas, mientras el pueblo usaba capuchas, caperuzas, o sombreros pequeños. También se puede deducir sin mucho esfuerzo adónde se dirige quien lo lleva… si de boda, de pesca, de paseo...

A los egipcios allá por el siglo XVI antes de Cristo, se les podía ver con ornamentos en sus cabezas, como así reflejan las pinturas de las tumbas tebanas. En la Grecia del siglo XII antes de Cristo, usaban el gorro frigio, esa especie de capucha, casi siempre roja, aproximadamente cónica con la punta curvada, que fue uno de los atributos del dios Mitra y que muchos años después se tomó como emblema de libertad por los revolucionarios franceses de 1793 y luego por los republicanos españoles. Figura como símbolo de emancipación en el escudo de varias naciones como Argentina, Bolivia, Colombia, Cuba, Haití, Nicaragua, El Salvador, Paraguay… También lo usaban los Pitufos, esos personajes creados por el dibujante belga Peyo, criaturas azules y de pequeño tamaño, protagonistas de películas, dibujos animados, videojuegos que hacen las delicias de grandes y chicos.

El primer sombrero con alas data del siglo V antes de Cristo en Grecia. Etruscos y romanos hicieron de él una prenda popular tanto que en época del imperio romano se declaró el sombrero como símbolo de libertad, al esclavo liberado se le regalaba uno. Se dice que Carlos IV de Francia llevaba un sombrero de castor, forrado de terciopelo carmesí y en el remate una borla de hilo de oro, al hacer su entrada en Ruan en 1494.

Hubo un tiempo en que el uso del sombrero declinó a favor de pelucas y peinados sofisticados. Una tendencia iniciada por el rey Luis XIII de Francia y que la Revolución francesa puso fin, diríamos de forma drástica, por lo que el sombrero volvió a resurgir, predominando el estilo tricornio.

Fue en esta época, durante el siglo XVIII, cuando las damas se hicieron eco de esa prenda que era usada solo por los hombres y la industria del sombrero proliferó, especialmente en Milán, donde tenían fama de ser los de mejor calidad.

El inglés John Etherington inventó el sombrero  de copa -esa prenda negra y alta como una chimenea- el 15 de enero de 1797 y desde el primer momento se convirtió en un éxito.
Fedora

El sombrero de mujer llamado Fedora, de fieltro blando, ala flexible y surco en el centro, fue famoso. No solo por su nombre sacado de una comedia francesa de Sardou, obra estrenada en honor de Sara Bernhard, es que la fedora con velo y pluma volvió loca a las mujeres de la época y la pluma oscilaba mientras paseaban en su bicicleta.

Muchas son las formas sombreriles pero todos tienen una corona o copa que puede tener forma cónica, redonda o truncada y que se adapta a la circunferencia del cráneo. El ala cumple la función de proteger al usuario de los rayos del sol. Una banda suave en la parte interna entra en contacto con la cabeza del usuario y tiene la finalidad de ajustar el sombrero a la cabeza y detener el sudor. El cinturón es la cinta o adorno que se coloca alrededor de la copa entre la corona y el ala. La visera es común en gorras militares y en las que usan en los partidos de béisbol. El barbiquejo es la cinta que sujeta el sombrero a la barbilla.
Bicornio

Un sombrero personaliza. Os imagináis a Napoleón sin su bicornio; a John Wayne sin su sombrero de vaquero del salvaje oeste; a Sherlok Holmes sin su Deerstalker, imposible que pudiera descubrir al asesino si fuera con su cabeza a la intemperie; a Juanito Valderrama cantando «El emigrante» sin el sombrero cordobés; a Mary Poppins sin ese maravilloso sombrero adornado de flores; a Carmen Miranda con el explosivo colorido de sus sombreros repletos de plumas, flores y frutas; a Julia Roberts en Pretty Woman con su sombrero Panamá, de origen ecuatoriano, pero como Roosevelt lo llevó en la inauguración del canal, ya no hubo forma de cambiarle el nombre. Ese tipo de sombrero tiene su aquel, Al Capone no se lo quitaba de encima, por lo que Marlon Brando lo usó en El Padrino; a los sencillos, modestos y callados pescadores sin su sombrero de tela de algodón con un borde colgante que cae frente al rostro; a los gondoleros de Venecia sin su canotier; a los toreros saludando sin su montera; a la policía montada del Canadá y a los Boy Scouts sin el sombrero de campana; a los gauchos argentinos sin el sombrero de panza de burro; a los elegantes ingleses de la City sin el bombín, y que curiosamente también es usado por las mujeres indígenas bolivianas que empezaron a usarlo a principios del siglo XX por la influencia de los trabajadores británicos en el país andino; a los cubanos del siglo XIX sin el jipijapa, testigo mudo de tantas conquistas amorosas gritadas al viento; a los turcos y norteafricanos sin el fez o tarbush, a los jóvenes de hoy sin el gorro de lana…

Jipijapa

Ascott, ese célebre evento que rinde pleitesía a las extravagancias y peculiaridades del sombrero, no sería lo mismo, siii… casi, casi y sin casi, este artilugio es más importante que las mismas carreras de caballo.

¿Qué sería de los cascos azules de las Naciones Unidas que gracias a él los identifican como cuerpo de paz? Y los obreros de la construcción que les sirve como protección ante una caída, y los militares que lo utilizan como distintivo de rango, nacionalidad, o como parte del uniforme.

A mí que no me quiten la imagen popularizada de Pancho Villa, Charles Chaplin, Jacqueline Kennedy, Indiana Jones, Humphrey Bogart, Coco Chanel, Frank Sinatra, Orson Welles, Winston Churchill, Ernest Hemingway… y tantos otros que estarían desnudos sin ese complemento que tanto prestigio les ha dado.


De este año no pasa sin que me compre el sombrero que me haga pasar a la historia como la mujer más elegante del universo y que conste que soy de las que cree firmemente que el sombrero surgió para protegernos de las inclemencias del tiempo. 

Diseños de Coco Chanel publicados en 1917 por Les elegances parisiennes



sábado, 27 de mayo de 2017

Selene: Mi mejor argumento, el silencio

En ocasiones decidimos callar.
Pensamos que es mejor no hablar sobre determinados temas.
Nos convertimos en aliados del silencio y damos un paso atrás.
Hay quien nos tildará de cobardes, de indiferentes.
Pero estoy segura que alguien comprenderá.



Comprenderá que a veces es justo lo contrario.
Guardar silencio también es posicionarse.
Es darle a alguien más belicoso el lugar que se merece sin necesidad de palabras.
Se trata de no entrar en su juego y eso también es valentía.
Es sangre fría y nervios de acero.
Así que antes de juzgar mejor reflexionemos.

Reflexionemos porque detrás de todo siempre hay una razón.
Quizás ese alzamiento de cejas oculta magma volcánica.
Tal vez aquel encogimiento de hombros sea un esfuerzo de contención.
¿Lo sabemos? Me temo que no.
Porque para algunas personas un silencio es sólo un silencio.


© Selene

jueves, 25 de mayo de 2017

Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Caminar y contar


Las mujeres «Nacidas del Mar»,

y un pintor y la Virgen…

en la turística Garrucha


Hacía tiempo que no nos asomábamos por estos bellísimos -y confortadores- rincones almerienses como son Mojácar y Garrucha que ahí siguen en la cumbre… 

Vista de Mojácar desde la playa

Monte luminoso el primero con sus casas empinadas y gentes venidas de cualquier lugar del mundo, atractivo y variado, pesquero y con un pasado minero su vecino mejor hermano, a tiro de piedra ambos. Oímos una vez que, por estas tierras, nadie es extraño. Lo creemos. Hasta el castillo de Jesús Nazareno está de par en par… ¡Faltaría más! Bueno, por la noche, pero casi, pues un día celebraron en él dos bodas, sí, a pares, y pensamos que dormirían allí de lo a gusto que andaban todos. Nos contaba una gentil señorita que fue construido en 1765, que tenía todos los detalles como fortaleza y que, amén de otros, lo ocuparon el Cuerpo de Carabineros y la Guardia Civil. En la actualidad, se ha convertido en un espléndido museo, un mar de historia, muy visitado por escolares, residencias de mayores o gentes del cine que tanto se han visto por aquí.  

Del colosal monumento, a las afueras de Garrucha, el itinerario es sencillo, como los garrucheros, claro. Vayamos, primeramente, a visitar a la Asociación de Mujeres Nacidas del Mar. Tienen su local, mejor una casa con una gran familia…. Más de cincuenta nos cuentan, y un profesor de canto pues hoy toca ensayo. Y una feliz y guapa niña llamada Agnes (de Dios, como en la película, y de estas buenas mujeres) de once años que no vive cerca de ellas: está en Senegal. Es hija del hombre que les enseña a cantar en la iglesia desde hace cuatro años, Jean Jacques Baté, y gracias al esfuerzo de todas que le han conseguido un precioso traje blanco y demás ornamentos ha podido hacer la Primera Comunión hace unos días.

Y nos lo cuentan así, sin darle mérito…. Como otra señora, Antonia García González, que no habla de la enorme Semana Santa con dos cofradías cuyos pasos causan asombro: Como el Cristo del Perdón a quien llevan a hombros otras cincuenta mujeres. Y las siete procesiones a cargo de la Real, Antigua e Ilustre Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores que acaba de cumplir sus… cincuenta años. ¡Ah! Y la joven del castillo, según nos dijo, también forma parte de ella. Están orgullosísimas de su pueblo, de lo que ha crecido; y en lo personal, no digamos, los talleres municipales les han supuesto una alegría que creían perdida… sobre todo en no recordar penas o emigraciones a Alemania como recuerda Martín, esposo de una de ellas, que, desde su «Hogar del mar» de los mayores, suele acercarse a verlas cantar, o hacer encaje de bolillos (no hace mucho viajaron a Almagro para un concurso con las ya famosas encajeras de allí) o yoga donde lo pasan «como si estuvieran faenando en la pesca». Fue este señor uno de los veintitantos pastores que había en los años sesenta, y cuando lo llamaron para trabajar en «Lawrence de Arabia», ahí mismo en Carboneras, vio el cielo abierto -y el tren- y al poco estaba cerca de Berlín y lo sentiría por las ovejas… Nos dice al despedirnos: «Lo que daría yo porque pudiera ver mi padre la casa que tengo». Aquello se llenó de rostros emocionados y alguien habla de un pueblecito de Francia -Tence- con quien está hermanado Garrucha y comentan el recibimiento, «a lo Berlanga» pero de verdad, que les hicieron hasta con música y banderas. Ahora ya utilizan un hotel, pero al principio cada familia iba a una casa.

Razón llevaba nuestro padre cuando escribió en una crónica de los años setenta que «viajar, además de conocer, es amar»… Pues vamos con otros dos señores que hemos conocido. Uno es pintor y escritor. Félix Clemente Gerez, y necesitaríamos más espacio para poder contar lo que ha hecho, hace y le queda… Tiene un libro llamado «Gente brava» dedicado a su Garrucha natal que es como… una gran película y rodada aquí que es lo mejor. Exposiciones desde Vera o Macael -sí, la del mármol casi como el de Carrara, dicen- a Estados Unidos de América, Guadalajara, Florencia o Japón. En breve, participará en una internacional en Mojácar. Así que o en otro viaje, o lo cogeremos al vuelo… 

El otro Francisco Flores Flores, es de Mojácar y vive en Garrucha y sabe mucho de todo… Tiene una colección de fotos y periódicos con sabor añejo de sus dos queridos pueblos que piensa donar algún día a organismos culturales. De cine, bien: estuvo en la primera película rodada en Mojácar en los años cincuenta, «Sierra Maldita» y vio a Orson Welles degustar gambas y langosta cuando hizo por aquí una versión de «La Isla del Tesoro» en los sesenta. En fin, y nos fuimos al gran puerto a ver a la Virgen…

Panorámica de la playa de Garrucha



© Lumigarmo

miércoles, 24 de mayo de 2017

Feria del Libro de Madrid 2017



A todos los gatos:
Domingo, 28 de mayo de 2017
Caseta nº 349
¡Os espero!
¡A todos!




Mi primer libro. 
Son veintiséis relatos.
En ellos desgrano la vida de todos los días, hablo de ese idioma maravilloso que es el español, el nuestro, en sus distintas vertientes atlánticas, de las relaciones familiares, de las relaciones de pareja... 
Todos ellos basados en lo cotidiano pero con esa pizca de exageración que la literatura requiere.







Mi segundo libro. 
Está dedicado a todos los niños entre las edades de 0 a 99 años. El que tenga 100 debe demostrar que sigue siendo un niño o le catalogamos de adulto.
Contiene quince cuentos.
El escritor norteamericano Joseph Heller dijo: "He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: ¡Un niño!"
Yo también.







Un tercer libro.
Contiene doce imágenes y cuarenta y ocho cuentos. 
Cuatro escritoras: una madrileña, una gallega, una argentina y una cubana que escriben cuatro relatos ante una misma imagen, demostrando con sus cuentos que cada uno percibe la realidad de forma diferente, con una mirada distinta.








¿Por qué a los madrileños les llaman gatos?

Porque en el mes de mayo del año 1085 cuando el ejército encabezado por el rey Alfonso VI no lograba entrar en la ciudad, uno de los jóvenes soldados consiguió escalar la muralla con tal destreza que parecía un auténtico gato. En honor a tal hazaña: Ser gato es un orgullo y vivir en Madrid un privilegio. 


Antonio Portillo Casado: Llama de amor


Reluces, llama
de amor intensa.
¿Andas o esperas?


Te aguardo quieta,
viento de abril.

Brillas cual luz
en la esperanza,
mi poesía.

Ámame, flujo
de la libertad
que me apasiona…

© Antonio Portillo Casado
Poemarios:

martes, 23 de mayo de 2017

Brújulas y Espirales: Álvaro Pombo "El temblor del héroe"

Blog Literario de Francisco Martínez Bouzas


"EL TEMBLOR DEL HÉROE", PREMIO NADAL DE NOVELA 2012


El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas.
(AVANCE EDITORIAL)
La eficacia, diligencia y buen hacer del Departamento de Prensa y Comunicación de Ediciones Destino (quiero mencionar  especialmente  a Alba Fité Navarro y a Cristina Castillón, dos de sus responsables), me permiten tener en mis manos, a  las pocas horas de su publicación, la novela de Álvaro Pombo, El temblor del héroe, Premio Nadal de Novela 2012, seguramente el más prestigioso de los convocados en España, a pesar de su relativamente modesta dotación económica. Lo avalan otras razones y merecimientos de indudable peso: es el más antiguo de los premios literarios españoles (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores, tanto de España como de Latinoamérica,de gran categoría literaria. En la actualidad, el Premio Nadal no tiene como objetivo descubrir nuevos valores, sino premiar figuras consagradas. Y figura consagrada es a todas luces Álvaro Pombo, que une su nombre al de los ganadores de los últimos años: Fernando Marías, Ángela Vallvey, Andrés Trapiello, Antonio Soler, Pedro Zarraluki, Eduardo Lago, Felipe Benítez Reyes, Francisco Casavella, Maruja Torres, Clara Sánchez, Alicia Giménez Bartlet.
Ocasiones habrá para volver sobre El temblor del héroe, una novela  sobre la cobardía y la indiferencia, y ofrecer mi personal valoración crítica sobre la última obra literaria de un escritor que hace de la improvisación una sorpresa y un juego lingüístico y que nos ha deleitado con piezas como El héroe de las mansardas de Mansard, Donde las mujeres, La fortuna de Matilda Turpin  o Una ventana al norte. Vaya por delante, por el momento, este avance editorial sobre El temblor del héroe.
Sinopsis:
“Román es un profesor universitario jubilado al que invade la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en que fascinaba a sus alumnos despertándoles el amor por el saber y ayudándoles a alcanzar una vida más noble y más alta.

Entre sus antiguos alumnos están Elena y Eugenio, una pareja de médicos a los que todavía trata y con los que ha establecido complejas relaciones en lo intelectual y en lo sentimental.

Por otra parte, halagado por el interés hacia su persona que demuestra un joven periodista, Héctor, permite que éste entre en su vida sin sospechar que el pasado torturado del nuevo personaje le atrapará en una situación en la que es incapaz de tomar decisiones, de comprometerse con el drama al que asiste.

Con una escritura tensa, vibrante, que deslumbra tanto por los hallazgos plásticos como por la indagación filosófica,
El temblor del héroe es a la vez un acto de fe en la literatura como territorio donde plantear los grandes asuntos: la confianza y la traición, la posibilidad de arrepentimiento, la culpa, la cobardía, el valor, el sentido de la existencia” (Presentación editorial).
El autor:
Álvaro Pombo  (Santander, 1933), es miembro de la Real Academia de la Lengua. Licenciado en Filosofía y Letras (Sección Filosofía) por la Universidad de Madrid y Bachelor of Arts en Filosofía (Birkbeck College, Londres). Es uno de los maestros indiscutibles de la literatura española de nuestros días. Además de sus libros de poesía (Variaciones y Protocolos 1973-2003 que recoge toda su obra poética) y de su antología de artículos periodísticos (Alrededores), su obra narrativa toca tanto la novela como el relato. En su haber como narrador figuran títulos como El héroe de las mansardas de Mansard (Premio Herralde de Novela 1983), El metro de platino iridiado (Premio de la Crítica 1990), Aparición del eterno femenino contado por S. M. el Rey, Donde las mujeres ( Premio Nacional de Narrativa y Premio Ciudad de Barcelona 1997), La cuadratura del círculo( Premio Fastenrath de la Real Academia Española 1999), El cielo raso (Premio de Novela José Manuel Lara Hernández 2001) , Una ventana al norte, Contra natura (Premio Salambó y Premio Ciudad de Barcelona 2005), La fortuna de Matilda Trurpin (Premio Planeta 2006), Aparición del eterno femenino contado por S.M. el Rey, Telepena de Celia Cecilia Villalobo, Virginia o el interior del mundo, La previa muerte del lugarteniente Aloof. Ha publicado así mismo colecciones de relatos: Relatos sobre la falta de sustancia y Cuentos reciclados.

Francisco Martínez Bouzas
Fragmentos
“Hace frío esta tarde de noviembre. Huele  a cerrado en casa de Román. A través de un ventanal sin cortinas, viene una luz de escenario expresionista. Están sentados frente a frente con una mesa entre los dos. Sobre la mesa libros y papeles y un teléfono anticuado de baquelina negra. Los papeles, los folios, escritos a mano, dan la impresión de llevar ahí mucho tiempo. Esa mesa ordenada da la impresión de usarse poco últimamente. Hay en toda la estancia un orden frío, escénico, que no invita al diálogo. Tampoco invita al descanso. Recuerda los despachos departamentales de la facultad. Y las librerías de madera recuerdan las estanterías de la biblioteca de un departamento. No hay detalles personales. Es un lugar sin clase”

…..

“Es mediodía en ese Madrid de oficinas y ejecutivos gimnásticos. Un Madrid menos desconcertado por la crisis económica. Solo las muy buenas secretarias conservan sus puestos. Nekane ha conservado el suyo de sobra. Tiene una cara larga y vasca que enmarca eficazmente un pelo negro, como la cara de un caballo incierto. El canalillo que separa sus dos grandes senos vencidos, ostenta unas perlas de sudor y el final de una bisuta cara mexicana, un lapislázuli. Diez años mayor que Elena, siempre se han querido. Se han llevado bien. Se conocieron en el Madrid posmoderno, desvencijada ya la movida casi del todo. Se entendieron bien a la primera. Nekane dijo desde el primer momento: voy a ser tu puta madre, solo que mejor. Elena contestó: si vas a ser eso, no me vendrás mal. Mi madre, pobre, fue muy insuficiente. No por su culpa, desde luego, bastante tuvo con aguantarnos a todos y a mi padre. Con ella no podía hablar de mi misma ni de casi nada. Y dijo Nekane: pues conmigo hablarás más que una cotorra. Y más que tú, todavía, hablaré yo, juntas las dos cotorras, conversaciones de mujeres. ¡Eso son los chats y no la mierda de hoy en día, digital! ¡Nosotras inventamos los chats y ahora los tíos que se empalman mal medio nos copian!”
( Álvaro Pombo, El temblor del héroe, páginas 7, 25-26)

domingo, 21 de mayo de 2017

María del Carmen Aranda: El pequeño Mourak









«Lo mejor que podemos hacer por otro no es solo compartir con él nuestras riquezas, sino mostrarle las suyas».



BENJAMIN DISRAELI (1766-1848)
Político-escritor británico







Mourak era un niño solitario que vivía con sus tíos egoístas y avaros en lo alto de una gran montaña, rodeado de oro y riquezas.

Una mañana, Mourak escuchó a sus tíos murmurar:

—El que venga a visitarnos tendrá que tener buenos caballos y eso significará que merecerán la pena, y los que no, no podrán subir jamás por esta pendiente. ¡Que se queden abajo con su suciedad, esos pobres malolientes!

Aquello le entristeció y esa misma mañana decidió seguir el curso de un pequeño riachuelo cuya agua brotaba con timidez a través de las rocas que rodeaban su gran imperio; anduvo y anduvo pendiente abajo hasta llegar al valle donde el río abrazaba al pequeño pueblo.

Tras un pequeño arbusto recio y seco, Mourak observó cómo un niño jugaba en el agua hasta el anochecer; su cuerpo brillaba tanto que parecía una estrella dorada.

De vuelta a casa, Mourak lloraba desconsoladamente ya que intentaba subir por la empinada montaña, pero resbalaba y resbalaba. «No lo lograré jamás», se decía entre lágrimas.

Al día siguiente vio a dos niños de nuevo jugando en el agua y al igual que la noche anterior, dos cuerpos dorados como estrellas salieron corriendo escondiéndose de nuevo en las pequeñas grietas que, inexplicablemente, se abrían en la montaña.

«Bueno», pensó, «algún día vendrán a buscarme. Yo no puedo subir, así que viviré aquí, entre cáñamos, espinosas zarzas y verdes árboles».

Al tercer día, tres niños dorados volvían de nuevo al río a jugar.

Repentinamente un grito en la noche le hizo a Mourak despertarse.

—¡Socorro! ¡Socorro! ¿Es que no hay ningún pobre maloliente que nos pueda ayudar y a nuestra rica casa poder de nuevo llegar? —eran sus tíos avaros y crueles que por fin habían decidido bajar a buscar a Mourak, pues ya no veían a su alrededor su apreciado oro titilar.

Todos los vecinos salieron y les dijeron:

—Lo único que tenemos y les podemos brindar es nuestra casa y nuestra amistad. La pendiente de la montaña es demasiado alta y nunca allí podríamos llegar.

—¡Oh, no! —dijeron—. ¿Aquí? ¿Quedarnos aquí? ¡Jamás!

—Yo quiero quedarme con ellos —dijo el pequeño—. Iros vosotros. Lo que arriba tenemos no es felicidad. Quiero estar con los niños dorados, saltar en el agua, pasear por el valle, jugar con los animales y a los árboles abrazar.

—¡Está bien! Tú lo has querido, serás tan maloliente como ellos y aquí toda tu vida te quedarás.

Nosotros nos vamos a nuestro reino, a lo más alto de la montaña donde ninguno de estos mugrientos pueda molestarnos jamás.

Y así lo hicieron, caminaron por extraños caminos e intentaron subir la gran pendiente, hasta que una fuerte tormenta les detuvo, dividió las tierras y se quedaron aislados, perdidos en el inmenso bosque de la alta montaña para siempre.

Dicen que en las noches de Luna llena se ven reflejadas en el río dos figuras que caminan intentando subir a lo alto de una montaña, solo poseyendo sus manos sucias y arañadas. Que cada lágrima que Mourak derramó supuso una grieta en la montaña y que eran los pequeños duendes los que deslizaban hasta el río miles de briznas de oro para iluminarle su camino.

Desde entonces, los habitantes del valle contemplan cómo grandes cascadas doradas brotan incesantes desde la alta montaña, dando a todo el que las contempla «La Eterna Felicidad».




© María del Carmen Aranda