miércoles, 21 de febrero de 2018

Kate Chopin: El despertar



Fue publicada por vez primera en 1899 y está ambientada en Nueva Orléans, a finales del siglo XIX.

La obra por su contenido catalogado de escandaloso y feminista, fue objeto de tan fuertes ataques en el momento de su publicación, que la autora renunció a proseguir su carrera literaria. De hecho, Kate Chopin muere en 1904 sin haber publicado ningún nuevo título. El despertar se reedita en 1906 y cae en el olvido hasta 1969, en que se descubre su talla literaria.

A partir de ese momento ha sido objeto de estudio exhaustivo por parte de los críticos e historiadores y en las universidades norteamericanas es tenida por uno de los clásicos de su literatura. Quizá sólo segunda detrás de La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, en términos de significado histórico y social.

Escrita con un estilo sencillo y directo, está cargada al mismo tiempo de una gran fuerza simbólica. El mar juega un papel importante. Ha sido comparada con Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

Personajes

Edna Pontellier
La protagonista. Su «despertar» a las agobiantes realidades de ser una mujer a finales del siglo XIX forma el núcleo de la trama.

Robert Lebrun
Edna y Robert desarrollan una atracción mutua que forma el conflicto central.

Léonce Pontellier
El marido, desde su perspectiva, considera que la única pretensión de Edna en la vida, debería ser el mantenimiento ordenado del patrimonio de la familia y el cuidado de sus dos hijos.

Alcée Arobin
El amante. La corteja con su halo de mujeriego y su trato caballeresco.

Adèle Ratignolle
Amiga. Es el ideal tradicional de feminidad para finales del siglo XIX, pero también es una presencia cálida, generosa y bulliciosa.

Mademoiselle Reisz

Amiga. Reconocida como una pianista de talento no forma parte del grupo de moda. 









Katherine O'Flaherty Faris (1850-1904).
Más conocida como Kate Chopin, nació en San Luis, Estados Unidos.









martes, 20 de febrero de 2018

Nuevo Akelarre Literario en el Rincón de las Letras. Audio Relatos


Audio relatos 

Tres autoras y tres cuentos: 

"¡Qué dulzura!" 
Cristina Vázquez

"15 de octubre" 
Malena Teigeiro

"Toda una vida"
Marieta Alonso


Podrás escucharnos a partir del minuto 00:29:19

No os lo perdáis




lunes, 19 de febrero de 2018

Luis Miguel García de Mora: Poesías de mi padre

Éxtasis de Santa Teresa.
Escultura de Gian Lorenzo Bernini

Teresa y Malagón

Oh, Teresa, valiente y abnegada,
hecha de nardo y piedra barroqueña
¿Qué viste en Malagón para quedarte
y alzar aquí tu fundación ingente,
de los mejores de las treintitantas
como tu afán divino te exigiera?
Malagón era, así, pueblo signado…,
y al margen de las causas que impulsaron,
tu venida al azar de nuestra tierra,
algo hallarías en Malagón que obrara
la magia azul de tu parada y fonda
y poner manos a tu plan aína.
Fuera de doña Luisa y el respeto
que los Medinaceli merecieran,
estaba el núcleo llano y generoso,
digno de unirse a él en cuerpo y alma.

Y el Malagón de la vejez remota,
del futuro animoso y prometiente,
del campo ameno y la cosecha fácil,
de las lomas amables y jocundas,
de los valles cromáticos y alegres,
de la atmósfera diáfana y salubre,
del clima bonancible y querencioso,
de las gentes colmas de virtudes
-a la buena de Dios, como se dice-
el Malagón del siglo dieciséis,
nuncio y promesa de los que siguieran,
tu monasterio teresiano
por arte y gracia de su propio aliento,
por gala y gloria de sus propios dones.

Teresa de Jesús fuese la chispa
que prendió para izar el gran cenobio;
mas Malagón -y cuanto en él había-
ofreció su entidad para el proyecto.
A medias ambas partes, surgió, ¡Hermoso!,
este palomarcico que embelesa
a todos cuantos son o cuantos llegan
a la villa manchega en todo tiempo.
Sin Teresa no hubiera aquí una casa;
sin Malagón… no hubiera una Teresa
cultivando la flor de su Carmelo,
anhelosa en tener nidos a punto
para tantas palomas que arribaran,
malagoneras y de muchos lares…

Consta que fueron dieciocho aquellas
primeras avecillas que posaron
en los alveolos que Teresa abriera
y que santaron las raíces a otras,
y a otras después, y siempre, siempre, siempre…,
las que en los siglos vayan acudiendo.
Por donde si se cuenta de la monja
de que fundó un convento en este pago,
que fue el tercero y de los más excelsos,
pues irradió su celo al Nuevo Mundo,
dígase igual que aquí encontró la Santa
suelo abonado para toda empresa:
un semillero y lo que falta hiciere,
que siendo del Señor era perfecto.

De Malagón, Teresa es la Patrona
y es la hija, también, y madre amada,
en tanto es Malagón las mismas cosas
de la noble abulense que aquí plugo
lanzar las redes de su amor inmenso
a través de un convento incomparable,
que es más bien un hosanna permanente
por el encuentro de la monja y pueblo…
Teresa y Malagón, cimas semejas,
motivos pariguales a un destino
común de fe, de lucha y esperanza
hacía aquello que escapa de la vida
por el camino de la vida eterna,
unidas van al aire de la historia.





© Miguel García de Mora. 


Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión. 


Convento de San José

El convento de Carmelitas Descalzas de San José del Salvador de Malagón, fue fundado por Santa Teresa de Jesús el 11 de abril de 1568. Su arquitecto fue Nicolás de Vergara el Mozo.


Lo más importante de la iglesia es el Retablo Mayor, de estilo barroco toledano, obra de Germán López Mejías, de Toledo. Está considerado uno de los retablos más bellos del siglo XVIII.

Convento de San José
(Malagón)


sábado, 17 de febrero de 2018

José Carlos Peña: La brújula


                                                         
Un mapa y una brújula, un sextante y un reloj es todo lo necesario para orientarse en el mar. Si uno los maneja correctamente, siempre sabe dónde se encuentra y en qué dirección avanza. Pero en tierra no ocurre lo mismo.

Cuando, después de muchos años navegando, Ismael dejó la vida en los barcos, puede decirse que el sentimiento que experimentó con más intensidad fue la desorientación.

Él deseaba dejar atrás la soledad y el distanciamiento que supone la vida en el mar y vivir entre sus congéneres como uno más. Y, aunque ya no era joven, gracias a su espíritu inquieto y su gran fuerza de voluntad probó varios empleos, habitó en diferentes ciudades, se casó  dos veces e intentó  hacer suyos cuatro hogares distintos. Pero lo años pasaban y no podía decir que hubiera encontrado su camino, porque la vida en tierra ofrece demasiadas distracciones, hay excesivos puntos de referencia y uno, al final, no sabe a ciencia cierta dónde está ni a dónde se dirige.

Comprobó con desaliento que vivir entre los otros resultaba complicado, porque era preciso conjugar muchos intereses, mantenerse al margen de la política, despreciar la publicidad, luchar contra la corriente de las modas, evitar a los bancos, ignorar las habladurías y sortear las trampas del amor; demasiadas dificultades para alguien acostumbrado a  moverse de aquí para allá siguiendo una ruta previamente trazada en el mapa. 

Aun así tuvo suerte y las cosas le fueron relativamente bien. Consiguió montar un pequeño negocio, se casó por tercera vez y estableció su residencia en un pueblo junto al mar.

Pero no podía evitar la melancolía de su vida anterior y con los años terminó comprándose un barquito, en el que cada vez pasaba más tiempo.

La gente creía que se dedicaba a pescar, que disfrutaba brincando sobre las olas o que buscaba unos momentos de soledad y recogimiento en medio del mar. Pero no era así exactamente.

En realidad, lo que hacía cuando se había alejado lo suficiente de la costa, era encerrarse en la cabina, extender una carta de navegación sobre la mesa de bitácora y,  armado con una brújula, un sextante y un reloj, dedicar largas horas  a calcular rumbos, distancias y velocidades; midiendo la altura del sol sobre el horizonte y estudiando el movimiento de las estrellas para situarse, y obtener así una idea aproximada de dónde se encontraba y en qué dirección se movía.

Esos eran sus únicos momentos de sosiego, cuando se sentía capaz de intuir la sutil armonía que rige el mundo y el devenir de todas las cosas. Quizá no fuese una más que una sensación falaz, una ilusión de su mente, pero a Ismael le servía para enfrentarse luego, una vez en tierra, al aparente sinsentido de la vida cotidiana.

Muchos años después, cuando vio aproximarse el momento final, no exigió nada, porque le daba absolutamente igual lo que hicieran con su cuerpo y el lugar que le asignaran para descansar eternamente. Pero si rogó a sus familiares que, ya que iba a emprender su último viaje, por precaución, lo enterraran con una brújula en el bolsillo.


© José Carlos Peña 


viernes, 16 de febrero de 2018

Nuevo Akelarre Literaio nº 29: El tren de la Estación del Norte


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El tren de la Estación del Norte

El transporte por vía férrea tiene esa pizca de romanticismo donde el ferrocarril, la literatura y el cine crean un triángulo amoroso irresistible. Todo puede suceder viajando por los carriles de hierro.

A finales del siglo XIX desde la antigua Estación del Norte iban y venían los trenes haciendo el recorrido de Madrid a Irún. Durante la Guerra Civil Española recibió numerosos impactos de artillería y la quiebra de la Empresa «Caminos de Hierro del Norte» provocó que el Estado tuviera que rescatar la red ferroviaria surgiendo un ente público y estatal, RENFE.

Ya no existe la Estación del Norte. En 1993 dejó de funcionar ––como tal–– para convertirse en la de Príncipe Pío, en la que confluyen trenes de cercanías, autobuses urbanos e interurbanos, metro de Madrid, además de un centro comercial y de ocio.

Este mes nos hacemos eco de historias que pudieron haber sucedido en esos vagones…


Disfrutad leyendo

jueves, 15 de febrero de 2018

Paula de Vera García: Por curiosidad... (Cars 3)




Verano, cuatro años después de la retirada de Rayo McQueen…



–Cruz tiene el balón… Se mueve, esquiva a sus oponentes… Evita un placaje, controla, avanza hacia la línea y… ¡SÍ, ENTRA DENTRO!

La niña, tras sortear varios conos situados en el borde de la carretera junto al museo Doc Hudson, chutó el balón con la rueda y tan mala suerte, que sin querer el esférico fue a parar al interior del garaje de su padre, que tenía la puerta entreabierta. Inmóvil, la pequeña escuchó cómo algo se movía y caía al suelo al otro lado de las hojas dobles.

"Uy…", pensó, al tiempo que se volteaba ligeramente para comprobar que nadie la hubiese visto.

Hacía demasiado tiempo que rogaba y suplicaba a su madre que la dejase jugar sola. Desde que había nacido, más o menos, no la habían dejado a su aire prácticamente en ningún momento. Cuando no estaba con su madre, tenía que vigilar a Hudson; y cuando no era eso, tenía que andar bajo la rueda de Flo, del abuelo Mater o de quien fuera.

Pero aquel verano, a punto de cumplir cuatro años, sus rezos habían sido escuchados: por fin había conseguido un rato independiente y en soledad para jugar a sus anchas.

Solo esperaba que el destrozo no fuese tan importante como para volver a encontrarse en custodia para el resto de su existencia.

Despacio, la pequeña adentró su carrocería de color rojo brillante por entre las puertas y penetró en el penumbroso garaje, intimidada como siempre que ponía las ruedas allí. Cierto era que nunca había estado sola sino con su padre, pero el aire de templo sagrado que rodeaba cada esquina y que impregnaba cada minúscula mota de polvo imponía a Cruz más de lo que estaba dispuesta a admitir.

A simple vista, el balón no aparecía por ningún sitio. "¿Dónde se habrá metido?", se preguntó la niña, inquieta. Por una parte, se sentía osada por haber entrado allí sola; pero, por otro lado, ¿qué le dirían si la encontraban allí… sin adultos presentes? El aire de intocable que revestía aquel lugar no dejaba lugar a dudas.

Nerviosa, Cruz adentró el morro en varios rincones cercanos a la puerta, esperando encontrar su juguete por allí. Pero, para su desesperación, allí solo parecía haber trastos y más trastos a simple vista inservibles y anticuados. Cruz contuvo un suspiro de impaciencia. ¿Dónde…?

Al apartar una caja de herramientas y ver lo que había detrás, la pequeña McQueen frenó en seco. No era exactamente su balón, pero éste fue olvidado a la velocidad del rayo.

Curiosa, la niña retiró un par de manuales de instrucciones polvorientos que la hicieron estornudar, para acto seguido aproximarse a su repentino descubrimiento.

–Ra… Rayo –leyó con dificultad, dada su corta edad–. Ma… McQueen… –la boca y los ojos de Cruz se abrieron al máximo–. ¿Qué tuercas…? –se preguntó en voz baja al tiempo que sacaba las cajitas negras de su escondite y las exponía a la luz de la ventana más próxima. La siguiente palabra era un número: 2006–. ¿Qué es esto?

Parecían… grabaciones. Creía recordar que se llamaban "cintas de vídeo" o algo similar. Pero de hacía tantos años que Cruz ni imaginaba que aún pudiese encontrar cosas como aquellas en el garaje de su padre. Aunque, bien pensado, ¿no era lo que usaba él a veces para ver las películas con ella?

Mordida por una súbita curiosidad morbosa, la niña empujó las cintas hasta el reproductor conectado al proyector que ocupaba una de las esquinas del garaje y se afanó en imitar a su padre lo más fielmente que era capaz de recordar. Tras un par de intentos fallidos, por suerte, el aparato reaccionó y las imágenes comenzaron a proyectarse sobre la pared.

"Chick creía que esta sería su temporada, Bob… Que saldría de la sombra del Rey… Pero lo último que se esperaba era… ¡A RAYO MCQUEEN!... Comenzó la temporada siendo un novato pero ahora ya lo conocen todos"

A Cruz, al ver la primera imagen del que decían que era su padre, casi se le desencajó el capó por completo. Era… rojo, como ella. Pero, ¿cómo podía ser él? "No es posible. Papá es azul y no se parece en nada a ese… ¿O sí?"

Sumida en aquel mar de dudas, Cruz McQueen se sorprendió de no poder dejar de mirar la proyección. Era… igual que ver un sueño, lleno de color, de acción y de tensión por saber quién ganaría. Pero aún no sabía si todo eso era bueno o malo.

La carrera avanzaba. Su supuesto padre, un coche verde con cara de malas pulgas y otro más viejo y azul competían por la primera plaza. En un momento dado, el coche rojo –que Cruz tuvo que admitir que era muy valiente por algunas cosas que había hecho durante el recorrido– pinchó sus dos ruedas de atrás al intentar ser demasiado osado, lo que hizo que la pequeña espectadora contuviese la respiración; aun así, Rayo consiguió llegar a la meta al mismo tiempo que los otros dos.

Cruz, tras expulsar de golpe todo el aire, se sentía incrédula. ¿De verdad aquel era su padre? Había escuchado hablar a los vecinos de cómo corría cuando era joven pero… ¿era posible? "No le pega nada", pensó la niña en su cerebro infantil, como si aquel fuese el mejor argumento posible del mundo.

Pero lo que terminó de descolocar su pequeño puzle mental fue la entrevista que apareció a continuación. A "ese Rayo" le preguntaban si le había perjudicado correr sin director o algo así. Y la respuesta dejó a Cruz sin palabras.

–Kory. En las carreras no solo cuenta ganar. No me gusta sacar tanta ventaja… No, al público hay que darle emoción…

Yo puedo ganar solo.

La niña se quedó boquiabierta antes de hacer un gesto asqueado, como si aquello confirmase su hipótesis.

No. De ninguna manera.

Aquel arrogante no podía ser su papá. Él era bueno, amable, dulce, ayudaba a los demás y le encantaba estar rodeado de sus vecinos cada vez que volvía de competir con tía Cruz.

Y sin embargo…

–¡Cruz! Cielo, ¿qué haces aquí?

La pequeña rebotó, asustada, antes de hacer lo posible por esconder las pruebas de su "crimen". SIn embargo, solo fue capaz de darle al Pause y sonreír igual que su madre cuando quería demostrar total inocencia.

Sin embargo, a Sally Carrera–McQueen poca gente en el mundo podía engañarla con un truco tan barato. En efecto, le bastó un fugaz vistazo a la pared y a la imagen congelada de un joven Rayo sonriente para enarcar la ceja con sorna y emitir un:

–Ajá...

Cruz, por su parte, era como si deseara que se la tragara la tierra de golpe.

–Lo siento. Yo… –se aturulló–. Estaba buscando la pelota, pero encontré eso y… no sabía que era y yo…

–Está bien, cariño –la tranquilizó su madre de inmediato, para su sorpresa, mientras sonreía con cariño–. No has hecho nada malo.

Cruz movió una rueda sobre el piso de tierra, avergonzada.

–Yo… Sé que no debería entrar aquí sin permiso de papá. Lo siento mucho –se disculpó.

Sally pareció meditarlo un instante antes de terminar encogiéndose de ruedas con sorprendente tranquilidad.

–Bueno… tú eso déjamelo a mí. Pero a cambio –agregó al ver la mueca esperanzada de Cruz–, ¿vas a contarme qué hacías aquí?

Su hija inclinó el morro, obediente, y narró lo que había pasado con inocencia infantil.

–Cariño –le dijo entonces Sally–. Está bien. Al fin y al cabo, no es ningún secreto lo que ha sido tu padre todos estos años…

–Así que, ¿ese es él? –preguntó Cruz, señalando hacia el muro iluminado.

Su madre asintió con paciencia.

–Sí. Aunque eso fue antes de que nos conociéramos… –Sally miró hacia la imagen congelada con expresión indescifrable y añadió en un susurro–. Cómo han cambiado las cosas…

–¿En serio? ¿Por qué? –quiso saber la niña.

No se le escapaba una. En eso, era igual que su madre. Sally suspiró, sin saber cómo explicarlo de entrada.

–Tu padre ha cambiado mucho desde que lo conocí. Antes era como has visto pero… –sonrió con ternura–, después de su primera temporada, pasó a ser como es ahora –besó a su sorprendida hija en el guardabarros y añadió–. No importa. Lo entenderás cuando seas mayor.

Cruz hizo un mohín, pero no contestó. En cambio, apagó el proyector con sumisión y se decidió a seguir a su madre al exterior. Ya había olvidado su balón por completo.

–Mamá…

–Dime, cielo.

Cruz se detuvo nada más salir del garaje.

–¿Por qué dejó de correr papá? –por el rostro de su madre cruzó una extraña mueca de dolor, pero no respondió hasta que su hija no agregó–. ¿Se aburrió de hacerlo?

Sally tragó saliva.

–No, estrellita –repuso en voz baja con evidente tristeza–. Tu padre amaba las carreras más que nada en el mundo. Adoraba correr, sentir que cortaba el aire y cruzar la línea de meta delante de todos los demás corredores…

–¿Quería a las carreras más que a ti?

Sally se sorprendió de aquella cándida pregunta, pero sonrió de nuevo al responder:

–Bueno, no te creas. Debíamos estar a la par… –ironizó.

–Y entonces… ¿qué pasó? –inquirió Cruz, ansiosa.

–Bueno… –Sally meditó unos segundos sobre cómo contestar a aquello sin sacar a relucir la parte más dolorosa; aún tenía pesadillas con ello–. Digamos que se le juntó un poco todo: aparecieron coches más jóvenes y más potentes, luego tuvo… un accidente en la final de su última temporada y… en fin, ahí fue cuando acabó dándole el relevo a tu tía Cruz.

Cruz se quedó pensativa, mirando las fotos que había colgadas de la pared a través de la puerta entornada del garaje.

–¿Un accidente… como el del abuelo Doc?

Si había algo que Rayo sí le había contado a su hija era lo mucho que admiraba al viejo Hudson Hornet. Si para el padre era un ídolo, para la niña había terminado siendo casi un mito cercano. Y a falta de parentales más cercanos –el padre de Rayo había fallecido hacía dos años por una obstrucción complicada en los conductos de refrigeración y los padres de Sally hacía tiempo que no pasaban por Radiador Springs– Doc y Mater habían ocupado esos puestos. Y en cuanto a las tías, Cruz y Naya ejercían como mejores amigas de Rayo y Sally, respectivamente, mientras que Maddie, la joven hermana de su marido de voz angelical y fuerte carácter, a pesar del cariño que les profesaba pasaba la vida de gira en gira y tenía poco tiempo para dedicar a sus sobrinos.

–Sí, muy parecido –admitió Sally, mientras se encaminaban hacia el motel–. Pero no lo menciones delante de papá, ¿vale? No le gusta recordarlo.

–Vale –prometió Cruz–. No lo haré.

–Así me gusta, mi princesita –Sally frotó cariñosamente su guardabarros con el de su hija mayor mientras enfilaban la entrada del Cono Comodín.

Frente a la entrada, dos figuras que conocían jugaban a "atrapar y lanzar", otro juego de pelota bastante habitual entre los coches.

–Eh, hola, chicas –saludó Rayo con dulzura–. ¿Dónde os habíais metido?

–Hola, Pegatinas –respondió Sally alegremente–. Hemos dado una vuelta y hablado de cosas de chicas –le guiñó un ojo a su hija y esta se rio–. ¿Verdad, cielo?

–Ajá –corroboró la niña en tono cómplice–. Papá, ¿puedo jugar?

–Claro –aceptó su padre–. Pero me temo que vas con tu hermano.

–¡Oh! ¿Y eso por qué? –protestó Cruz.

Hudson McQueen, por su parte, parecía encantado con la idea; pero la niña no se relajó hasta que no vio el asentimiento cariñoso de su madre y escuchó a su padre decir con ironía:

–Bueno, estrellita mía. No creo que el juego estuviese muy equilibrado de otra manera, ¿a que sí?

La pequeña, más animada, claudicó y se unió al juego junto a su hermano pequeño, que ya daba saltitos de alegría sobre el asfalto.

Antes de que Sally se retirara para seguir trabajando en el motel, no obstante, Rayo pudo contemplar un instante a su familia; sintiéndose feliz como nunca en su vida por tener algo que realmente merecía la pena.

No un trofeo, ni una exclusiva, ni todo el dinero del mundo.

Sino alguien a quien amar por encima de todo…



“McQueen & Sally: one shots. Capítulo 28: Por curiosidad (Cars 3)”.
ENLACES A LA HISTORIA COMPLETA:
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Paula de Vera García ©

martes, 13 de febrero de 2018

Ana María Rodríguez: La brújula perdida






He decidido ir al campo este fin de semana. Llevo un par de meses sin ir, y lo echo mucho de menos. Hacer senderismo es una de las cosas que más me relaja y revitaliza a la vez, después de pasar toda la semana en mi trabajo. Un trabajo que, más que una obligación, es una pesadilla. Solo con escuchar el nombre de mi empresa, me da urticaria.

Pero en el campo… allí me olvido de los dolores de cabeza, del lumbago, de las subidas de tensión, de las indigestiones… Allí vuelvo a ser niño, vuelvo a ser yo, recupero las ganas de vivir, y recuerdo que aún tengo sueños. Unos sueños que debo desempolvar cada viernes, y que llegado el martes, ya no me acuerdo ni de que existen. Siempre es igual.

Pero, y... ¿Mi brújula? ¿Dónde está mi brújula?  Todavía no se me ha olvidado aquella vez que me perdí en el bosque, cuando tenía diez años. Fueron las cuatro horas más angustiosas de mi vida. Jamás he vuelto a sentir un cúmulo de emociones tan dispares y desconcertantes como aquel día. Gracias, que no estaba solo. Estaba ella, Elisa. La niña más bonita que he conocido en mi vida.

Sin querer, nos alejamos del grupo en aquella dichosa excursión a la sierra. Aún no sé cómo acabamos los dos juntos, perdidos en medio de un pinar. Si apenas nos dirigíamos la palabra en clase…

Después de ese día, el primer regalo que me hizo mi madre, fue una brújula. Una preciosa brújula dorada que ha estado conmigo todos estos años. Sin la que no puedo salir a ningún lado. Y que me recuerda una y otra vez aquella inquietante aventura junto a Elisa.

«Abrázame fuerte, Manuel, tengo mucho miedo y siento frío», aún la escucho decir claramente, como si la tuviera enfrente.

Yo tenía más miedo que ella, pero la sensación de tenerla entre mis brazos me hizo sentirme un hombre. Un hombre asustado, pero a la vez feliz. ¡Cómo olía su pelo, Dios mío! Esa melena de color castaño oscuro con reflejos caoba que casi le llegaba a la cintura…Y ¡qué increíbles sus preciosos ojos negros! Al mirarlos, me parecía estar contemplando dos hermosas obsidianas. Y cuando se hizo de noche, su brillo me hizo pensar que se había colado en ellos un trocito de cielo colmado de estrellas.

¡Cuántos suspiros ahogados por no atreverme nunca a decirle lo que sentía! ¡Y cuántas lágrimas derramadas por tener que hacerme a la idea de que en ningún momento se fijaría en alguien como yo!

Pero de esto, hace ya veinticinco años.

¿Dónde estará mi brújula? ¡Si la tenía en el cajón! Madre mía, necesito cambiar de trabajo, se me están achicharrando las neuronas.

—Yo sé dónde está —responde alguien de pronto, detrás de mí.

Tan ajetreado estaba buscando, que no me daba cuenta de que había una persona apoyada en el marco de la puerta.

—¿Quién eres? —pregunto perplejo. Y pienso: Pero ¿cómo leche se ha colado esa mujer en mi casa?

Como intuyendo mi pregunta, ella responde:

—Tu madre me ha abierto la puerta. Acabo de llegar de viaje.

Al mirarla bien, una oleada de energía me recorre todo el cuerpo, el corazón se me desboca y mi vello se eriza como si acabase de recibir una descarga.

—¿Elisa?

—La misma —afirma dándose una vuelta para que pueda observarla con detalle—. Me mudo otra vez al pueblo.

Tras varios segundos, sin saber bien qué decir, no se me ocurre otra cosa que preguntar como un auténtico idiota:

—¿Dónde está?

—¿Quién? —pregunta sorprendida ante esa extraña bienvenida.

—La brújula. Has dicho hace un momento que sabías dónde está.

—Ahhh, sí.

Elisa se acerca lentamente hacia mí, clavándome sus impresionantes ojos negros. Y muy despacio, coloca su mano derecha en mi corazón.

—Aquí —dice dulcemente con una sonrisa—. Y ésta, no la pierdas nunca. Porque la mejor brújula que puedes seguir, es la que está dentro de ti —añade, enseñándome mi libreta de poemas, todos escritos para ella, y que nunca compartí.

—Esta madre mía… ya me la ha jugado.



© Ana María Rodríguez Jiménez