jueves, 27 de abril de 2017

Antonio Portillo Casado: El teléfono

                             
(En redondillas, finalizando en una lira)


Artefacto multiforme,
acrisolado utensilio,
necesario en un principio,
ya pieza del uniforme.

Convergencia de sonidos,
bellas palabras y sones,
cháchara y conversaciones,
que imperan en los oídos.

Huésped de las caracolas
sin dejar mucha distancia,
con plática en abundancia
de paupérrimas parábolas.

Antesala al hormiguero,
reino del chisme y el traje,
del enredo y del ultraje,
la tapa del sumidero.

Mariposa diminuta
que susurra repicante
el comentario picante
e hiriente de la cicuta.

Lisa lapa permanente
asida a nuestra voluta,
verduga altiva y poluta
que corrompe nuestra mente.

Talismán procesional,
Gran Hermano vigilante,
solucionador andante,
menoscabo neuronal.

Novia y novio susurrante
falto de corazón y alma,
de la Industria la gran calma,
de las personas, su amante.

Claro confesor de dios,
el mentidero del diablo,
un flagelo del vocablo,
del tedio, sus episodios.

Herramienta arrogante,
de música infamante;
de alma, narcotizante;
del lozano corazón, injuriante;
para la poesía, irrelevante.



© Antonio Portillo Casado




Poemarios:

miércoles, 26 de abril de 2017

Paula de Vera García: I Ka Hale – fanfic Vaiana


Hace tiempo que no veía un atardecer como este. ¿Qué cómo es posible? Bueno, reconozco que casi tres milenios de vida dan para mucho, pero cuando llevas mil de ellos atado a un pedazo de roca, sin quererlo te planteas muchas cosas. Pero no voy a aburriros, las ñoñerías no son lo mío.
Cuando has vivido tanto tiempo, crees haberlo visto todo. Viajas y eres libre para ir de un lado a otro demostrando de lo que eres capaz. Yo lo hacía para complacer a aquellos que una vez me dieron de lado, para que estuviesen orgullosos de mí…
Pero ahora, subido en esta palmera en mi forma de halcón, mientras contemplo el pueblo que comienza a florecer al pie de la colina, me pregunto: ¿mereció la pena? Como aprendí hace no mucho, un solo error de arrogancia puede conducir una existencia de gloria hasta la más absoluta miseria, teniendo que pagar el precio y restañar la herida gracias a quien menos esperabas.
Mi cuerpo expulsa el aire, casi sin que pueda evitarlo, en un suspiro entristecido.
Puesto que nunca hubiese imaginado que yo, Maui, semidiós del viento y el mar, «cambiaformas» y «héroe de todos»… pudiese admirar a otra criatura.
A una mortal, concretamente.
-¿Reflexionando sobre los misterios de la vida?
-¡Por todos los… Su voz me asusta y chillo, alzando ligeramente el vuelo. No me lo esperaba. Tiene esa curiosa habilidad de hacer cosas capaces de sorprenderme. Sin embargo, mi salto hace que la palmera se tambalee y ella pierda pie y se suelte de su asidero. Rápidamente, salto al suelo en mi forma habitual y la recojo en mis brazos antes de que toque la hierba. Pasado el susto, se ríe y yo la imito, dejando su pequeño cuerpo apoyado sobre los pies.
―Algún día vas a tener un problema si sigues haciendo esa clase de cosas «hija del jefe» ―la regaño sin maldad mientras empuño mi anzuelo de nuevo.
        Ella se hincha como un pavo y carraspea mientras levanta la barbilla y coloca las manos tras la espalda en un gesto que conozco bien.
―Futura jefa de I Ka Hale, para ti, semidiós ―dice con retintín y burla mal disimulada.
Me río con ganas.
―Disculpa, «jefa» ―entrecomillo con los dedos y ella intenta darme un puñetazo en el hombro mientras se ríe también. Me conformo con que no se te suba a la cabeza y me lo restriegues cada vez que nos encontremos.
―¡Oh! Y me lo dice aquél al que tuve que dar las gracias con mayúsculas cuando nos conocimos ―enarco una ceja, sarcástico, pero tengo que rendirme a la evidencia y morderme la lengua. Al fin y al cabo, tiene razón. Tocado y hundido. -¿Dónde has estado? ―me pregunta entonces―. Hace tiempo que no te veía el pelo. Casi desde que me vine de Motu Nui…
―Oh, aquí y allá ―trato de quitarle importancia pero me conoce demasiado bien y lo sé por su expresión, media sonrisa y ojos entrecerrados; este juego le divierte tanto como a mí. -Ya sabes, la vida de un semidiós es muy ajetreada. Y bueno… el mundo es diferente a cómo lo recordaba. Los humanos habéis progresado, Elegida ―la alabo marcando el apodo con retintín.
Se sonroja y me río otra vez sin poder evitarlo mientras la observo. Sí: ha cambiado desde que salió de Motu Nui. Ahora lleva una enorme corona de flores en la cabeza, un brazalete y otra ropa diferente, más colorida. La que llevó en el trayecto hasta aquí. Está cambiada… y preciosa. Pero si se lo digo voy a parecer un cursi y no me apetece demasiado. Tengo un estatus personal que mantener, ya me entendéis.
―Y, ¿te sientes orgulloso? ―indaga, dándome en mi punto débil.
Parece que sepa exactamente cuándo tengo la guardia baja, pero sorprendentemente, no me importa; al contrario, finjo reflexionar sobre ello.
―Hmmmm… Quizá ―admito como de pasada a la vez que hago un gesto con los dedos de mi mano izquierda, dejando un pequeño espacio entre las yemas del pulgar y el índice- pero solo un poquito.
Ella sacude la cabeza con media sonrisa, comprendiendo, antes de girarse para encarar el pequeño poblado bajo la colina. Ahora, en vez de divertida, parece… pensativa. Y creo saber por qué.
―¿Nerviosa? ―pregunto, tanteando el terreno.
Ella resopla, sin responder enseguida.
―Quizá ―dice finalmente― quiero hacer las cosas bien, Maui. Quiero que esta isla florezca como lo hizo Motu Nui. He pensado en empezar a establecer algún tipo de ruta comercial con ellos, pero aún no sé cómo hacerlo… ―me mira y reconoce en voz muy baja, tanto que apenas la oigo―. Quiero que mi pueblo esté orgulloso de mí, Maui. Es lo único que me importa.
Yo, como es lógico, me río por lo bajo sin poder evitarlo porque esa canción me suena demasiado.
―Créeme que te entiendo mejor de lo que crees ―aseguro, y su sonrisa agradecida me confirma que lo sabe y por eso me ha confiado sus temores―. Pero te conozco, Vaiana. Y sé que lo harás muy bien.
―¿Tú crees?
Alzo una ceja. ¿Está de broma?
―Vamos, hombre ―alzo una mano y enumero con los dedos―. Fuiste capaz de escaparte de casa, cruzar el océano sin tener ni idea de navegación y sin morir en el intento ―con un gallo pirado como única compañía, pero eso no lo añado que además acabo de ver por mi costado que HeiHei anda haciendo de las suyas unos metros más allá, junto a un pequeño cerdito moteado de aspecto ciertamente adorable― me encontraste, me salvaste frente a Tamatoa cuando quise recuperar mi anzuelo y devolviste el corazón de Te Fiti ―hago un gesto abarcando la bahía que se abre a nuestros pies―. ¿Y me dices que no crees en tus posibilidades como jefa de un floreciente pueblecito? ¿De una sola isla? ―suelto una carcajada―. ¿Me tomas el pelo?
Cuando se ríe y enrojece como un cangrejo sé que mis miedos son infundados. Sé que puede hacerlo, y ella debería saberlo también.
―¿Bajarás a la coronación? ―me pregunta entonces, pillándome despistado. Otra vez.
Por un momento, no sé qué contestar a eso. Por una parte, me gustaría, y mi versión «mini» tatuada parece estar totalmente de acuerdo. Pero por otro lado… Después de todo lo sucedido… ¿Estoy preparado para volver a caminar entre los mortales? ¿Después de lo que hice? Yo robé el corazón y pagué el precio por ello, pero no lo devolví. Fue ella.
Durante una centésima de segundo, lo medito seriamente: ¿por qué Te Fiti no le concedió lo que merecía? Vaiana sería mucho, mejor semidiosa que yo. Es valiente, honesta y humilde… Bueno, quizá esto último sería más un defecto. ¿O no? Lo cierto es que es un pensamiento que me ha perseguido desde que abandonamos la Isla Madre. Sin pretenderlo pero picoteando mi cerebro cada poco rato, sobre todo cada vez que volvía a cruzarme con ella en Motu Nui o durante su travesía hasta aquí.
―¿En qué piensas? ―me pregunta.
Pero no puedo confesárselo. No es ya por las dudas que pueda tener sobre si siento algo por ella o no: es la primera mujer en mil años a la que veo y puedo estar confundiendo términos, aunque sepa que la aprecio. Es el hecho de que no creo que deba cuestionar los designios de los dioses. Si no han convertido a Vaiana en una semidiosa, por mucho que me escueza en ciertas partes de mi alma, será por alguna razón. Así que, camuflando mis preocupaciones bajo mi acostumbrada armadura de autoconfianza, respondo:
―En que quizá sea hora de retornar al mundo de los mortales… Simplemente como Maui.
Ella sonríe con algo que parece orgullo.
―Eso… me encantaría ―responde, agradecida, y mientras bajamos por la ladera me pregunta algo que jamás hubiese esperado―. Y después ¿te… quedarás por aquí? ¿O te irás a buscar aventuras por ahí?
Ahora sí, me lo pienso con cuidado antes de responder. Es cierto que un semidiós debe estar allí donde se lo necesite y no soy una criatura acostumbrada a quedarse mucho rato en un mismo lugar ―casi me vuelvo loco durante mi destierro en ese asqueroso peñón en medio de ninguna parte― pero por otro lado… un resquicio de mi corazón me pide que ponga los pies en la tierra. Que busque un lugar al que siempre pueda volver… cuando lo necesite.
Y no puedo concebir otra isla mejor que allá donde ella esté cerca. Sí, suena ñoño de narices, pero es así.
―Pues… puede que… me quede una temporadita ―finjo indecisión y observo su reacción por el rabillo del ojo― ¿Quién sabe? A lo mejor me canso de volar de acá para allá todo el día y necesito unas cuantas palmeras bajo las que vaguear…
Ella parece contenta al escuchar mi respuesta, aunque apenas lo exterioriza con una sonrisa y cogiéndome brevemente de una mano con afecto. Me aprieta los dedos y yo le devuelvo el gesto con total confianza.
―Gracias, Maui.
Ante lo que no puedo evitar responder:
―De nada… Vaiana.

(One-shot basado en la película “Vaiana” ―Disney―. Registro en Safecreative © nº 1704121697062).
[1] [N.d.A.] “I ka hale” en hawaiano significa “hogar”.

© Paula de Vera García

martes, 25 de abril de 2017

Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre I

La flor del azafrán



Otoño, la rosa del azafrán

Vivimos el otoño, a veces con validez estival y a veces con barruntos invernales. Según le dé a la Naturaleza, Manu Leguineche, en uno de sus últimos libros, escribe: El otoño es el silencio atravesado por el crujido de las hojas muertas, lo que nos parece muy cierto y muy bello. Pero nos entristece más que nunca que la amadísima rosa morada de nuestros campos se va mustiando antes de tiempo, sin saber cuánta vida activa le queda. De unos otoños a esta parte, la rosa del azafrán ha perdido casi toda su vigencia y nadie sabe cuánto ha de tardarse hasta que se le cante el gorigori o, ¡felicidad!, recupere alientos, si hay milagro por medio. ¿Admitimos los milagros? Recordemos un trozo de historia, ya casi olvido…

Era un otoño. Cinco soldados hacían una descubierta por los helados y nevados montes aragoneses. En esto apareció un avión enemigo que dejó caer dos bombas y disparos de ametralladora. Uno de los jóvenes militares reaccionó al cabo de dos o tres horas, no vio a nadie en derredor y se dedicó a buscar a sus compañeros.

Sin árboles ni arbustos, solo el manto de nieve cubría el abrupto suelo. A los pocos pasos, el militar halló una bola blanca, que creyó una bola de nieve; era, envuelta en el albo meteoro, la cabeza de uno de los soldados. Poco a poco dio con todos ellos y completamente destrozados… Pasados los años, el superviviente, único para contarlo, amistó en un viaje por tren con un eclesiástico levantino, a quien le contó la dolorosa aventura. El religioso le animó diciéndole: ¡Fue un milagro lo que Dios hizo con usted!... Él, pesaroso, emitió un suspiro y se limitó a decir: Sí, pero ¿qué milagro tuvieron los otros?

Se cultiva ya muy poco azafrán, perdiéndose una de las plantas más tradicionales de nuestros pagos. Si no lo remedia Dios (bueno, más o menos como un limpio milagro…), nos quedaremos sin rosas moradas en el campo y únicamente quedará el folclore.

Un día el excelente pintor manchego Dávida pintó un cuadro, al que nosotros hicimos unas humildísimas seguidillas… Con perdón, aquí van. Siempre fuimos unos enamorados de la rosa del azafrán.
Hebras de azafrán


A una rosa del azafrán pintada

A esta rosa morada
que aquí se posa
le pintó el pintor alas
de mariposa.

Y le puso arbolillos
con labrantío,
molinitos de viento
y el caserío.

Vense alfombras bordadas
en los alcores,
por las que triscan mozas
soñando amores…

¿Y aquéllos puntos blancos
sobre las lomas?
quizá sean angelotes,
quizá palomas.

Animosas comadres
de la rodera,
cuando estáis con la monda,
¿quién os espera?

No reposan las manos,
el rolde afana,
y va por seguidillas
la veterana…

Y le pide a la Virgen
(… «de Ti lo espero»)
que hogaño traiga el clavo
plata y platero.

x  x  x

¡Viejos predios de trigos
y azafranales…,
ya no quedan zagalas
sin sus zagales!


© Miguel García de Mora

Lanza / martes, 30 de octubre de 2007






Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión. 

Muchísimas gracias a los dos por permitirme publicar algunas de sus crónicas.


¡Viva La Mancha!


¡Vivan los manchegos!



   

lunes, 24 de abril de 2017

Brújulas y Espirales: Guadalupe Nettel "Después del invierno"

Blog Literario de Francisco Martínez Bouzas

"DESPUÉS DEL INVIERNO": NARRATIVA RUTILANTE Y PODEROSA



Después del invierno

Guadalupe Nettel

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 268 páginas


   Después del invierno, concede su autora, Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), es una novela de rapiña, porque este libro arranca, como todos los suyos, de historias reales y, a partir de ellas, se exploran otras posibilidades y se constata especialmente cómo las cosas pueden ir a peor. Una novela tejida en buena parte con hilos ajenos, con fragmentos de vidas de otras personas, con pedazos de historias vividas o contadas por los amigos de la escritora. Trenzada sobre todo con obsesiones, con fascinaciones que a veces ella misma comparte: la afición y el apego por los cementerios. Mas al margen de los orígenes de su escritura, es preciso dejar constancia de que Guadalupe Nettel obtuvo con esta novela el prestigioso Premio Herralde de Novela, 2014 -quinto escritor mexicano en obtenerlo- y forma parte de esa fértil eclosión de narradores que, generación tras generación, tiene lugar en México. Y lo hizo con una gran novela, rutilante, poderosa,  a pesar del desasosiego que puede producir la lectura de su trama. Uno de esos textos enramados de ficción y realidad que aparecen de vez en cuando y son capaces de reconciliarnos con la literatura. Y de paso nos conmocionan, ponen ante nuestros ojos, de forma a veces vitriólica y estremecedora, otras, sumamente tierna o incluso humorística las punzantes brechas que acechan a los seres humanos en la posmodernidad.

   En menos de media línea Guadalupe Nettel describe su obra: encuentro chocante entre dos neuróticos. Efectivamente, también eso es Después del invierno, pero también mucho más y quizás sea preciso recurrir a las palabras de Julio Ramón Ribeyro, un ilustre compatriota  de César Vallejo, a su vez ilustre habitante de uno de los cementerios parisinos: “Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar solo migajas de felicidad”. Son, en efecto, esas migajas de felicidad las que guían y con frecuencia destrozan las existencias de los dos seres que sienten pasión por los cementerios y que, sumidos en infinitas carencias, sostienen con sus voces narradoras la trabe de oro de este novela. Son Claudio y Cecilia. Dos seres con vidas solitarias. Sobre ellos, sobre sus personalidades neuróticas, psicóticas, solitarias y obsesivas  recae el gran peso de la novela. Él, Claudio, una suma de muchos hombres misóginos, fatuos, machistas. Cubano que comienza  a odiar a los cinco años y que ahora vive encapsulado en su apartamento neoyorquino, presa de sus rutinas sobre las que descansa su existencia, que no acepta que nadie se inmiscuya en su vida, ni siquiera su amante, quince años mayor, y que le atrae por su inquebrantable tranquilidad dopada. Ella, Cecilia, mexicana, estudiante de tesis en París, economía precaria, víctima de múltiples complejos y carencias, encerrada así misma en un miserable apartamento, situado -ese es su atractivo- al lado del cementerio Père-Lachaise. Cecilia vive agobiada por el sinsentido de su propia vida, atada a la enfermedad de su novio y  en algún momento de la narración termina vegetando como un paria, sumergida en la soledad de un despojamiento absoluto que nos hace recordar al austeriano Marc Stanley Fog de El Palacio de la Luna, que vivía como un animal en una cueva de Central Park.

   Guadalupe Nettel dota de voz a ambos protagonistas para que nos cuenten sus vidas y sus interacciones con otros personajes, sin duda secundarios, pero excelentemente moldeados: Ruth, Tom, Susana, Haydée…A borbotones, a veces difíciles de digerir, vamos conociendo sus neuróticas extravagancias, sus insatisfacciones, la pasión por los espacios y ciudades en los que viven, sus amores, plenos o insatisfechos, con despojos de deseos, sus prácticas sexuales, violentas las de él para liberarse de la cobardía del desamor, o una página en blanco las de ella, una neófita  del sexo. Y sobre todo, sus experiencias de extrema soledad, de dolor, de pérdida, de luto, el recuerdo de aquella primera novia que eligió el suicidio.

En sus vidas hay de todo. Infancias difíciles, estigmas de abandono materno, huellas de un episodio homosexual en la Cuba castrista;  el París huraño, que no es luz, sino lluvia helada, frío invierno, apatía de sus moradores; telarañas emotivas que disfrazan el desamor a la vez que atrapan a un personaje que actúa como un robot.

   Hasta que la novelista hace que sus destinos se entrecrucen, de forma puramente aleatoria y que surja la pasión, acompañada por la fascinación por los cementerios. Y la huida a tiempo de una historia destructiva. Y, a partir de de ahí, el miedo a haber perdido la cordura y la vinculación salvadora con los demás, desde la experiencia del dolor.

  
Guadalupe Nettel
Novela sobre el extrañamiento, sobre la muerte, o mejor dicho, sobre sus cercanías; sobre las fragilidades, la condición pusilánime y la tullidez emocional. Pero también sobre el amor, sobre el amor como trampa, con declaraciones líricas citando a César Vallejo, pero también sobre el amor verdadero (¿o enfermizo?), capaz de darlo todo, de querer acompañar al ser amado en su dramático camino hacia la muerte y morir con él. En cualquier caso, experiencias amorosas ajenas a cualquier cursilería.

   Novela así mismo sobre miserias y mezquindades. Sobre la desazón de los grandes espacios urbanos como París, una ciudad propicia a los suicidios, donde siempre es invierno -una buena metáfora de esta pieza narrativa-, un invierno desabrido, capaz de encapsular a las personas, porque también ellas, desde su soledad y desde sus neuróticas fijaciones, han embotellado a París, convirtiendo a la gran urbe en una miniatura gris, imposible de disfrutar (página 143).

   Después del invierno no es una novela siniestra, pero muchas de sus páginas nos producen escalofríos, nos estremecen y al mismo tiempo nos estimulan, porque al final se apuesta por la vida y las personas recuperan el respeto por si mismas. Escritura desnuda, sin efectivismos, sobriedad narrativa que acrecienta el efecto sobrecogedor de una trama que hace aflorar lo que somos y lo que tenemos, capaz de hacer germinar, pese a sus pinceladas de humor, una solidariedad incondicional con al congoja insondable que entraña la condición humana.

   Una edición que sortea el criterio de traducibilidad al español de España, respetando los localismos latinoamericanos, es un plus que enriquece, en mi opinión, un libro escrito con gran vitalidad narrativa.


Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Cementerio Père-Lachaise (París)

Fragmentos


“Templé con Ruth por primera vez en la cocina de su departamento. Se había parado de puntas para buscar no sé qué especia en la alacena. Levanté su falda de seda y le hice el amor como nadie en su vida, ya que nunca antes había estado con un latino, mucho menos con uno de estos hombres que sólo se producen en la isla donde yo nací. A sus cincuenta y tantos años, Ruth grita como una felina cuando mi pinga le golpea los ovarios. Terminamos en su cama entre unas sábanas color durazno y dormimos juntos esa noche. Por la mañana, me fui sin hacer ruido y llegué al trabajo oliendo a alcohol y a desvelo. Ninguno de mis compañeros hizo un solo comentario. Me conocen de sobra como para saber que no soporto las indiscreciones.”


…..


“Los cementerios de París están localizados en sus cuatro extremos: Montmarte en el norte, Père-Lachaise al este, Passy al oeste y Montparnasse en el sur. Mientras volvíamos a pie hacia Bastille, Claudio me contó que, antes de que se construyeran, el principal camposanto de la ciudad estaba en el centro, junto al mercado de Les Halles, exactamente donde ahora se encuentra la Place Joachim-du-Bellay. Fue clausurado a fines del siglo XVIII después de una epidemia terrible, originada por el manejo inapropiado de los cuerpos. Desde entonces se prohibió enterrar a los muertos dentro de la ciudad. «¡Cuántos cadáveres hay debajo del suelo que pisamos todos los días!», recuerdo que pensé. Por si fuera poco esta la red de catacumbas romanas que se extiende en el subterráneo de la ciudad y aloja a su vez una gran cantidad de huesos. Concluí que vivir en parís, dondequiera que uno esté, es vivir sobre la sepultura de alguien. La ciudad es un inmenso cementerio. Si las teorías espiritistas eran ciertas –y cada vez estoy más convencida de ellas-, todos debíamos de haber sido poseídos, por lo menos alguna vez, por un alma en pena.”


…..


“A pesar de mis esfuerzos, nunca escuché las voces que Tom me había prometido. En cambio escuche las de una multitud de seres condenados a vivir solo, añorando a alguien que había pasado al otro mundo. Conocí a decenas de estos seres y a otros semejantes. Conocí a Eleanor Rigby y al padre McKenzie, a gente enferma que esperaba la fecha de su muerte como los prisioneros aguardan el final de una condena y que, como Tom, habían comprado anticipadamente el nicho donde habrían de ser depositadas sus cenizas. Conocí a personas sin esperanza con quienes mantenía largas conversaciones que olvidaba a los pocos minutos, no por su intranscendencia sino por el estado catatónico en el que me encontraba. Incluso presencié el entierro de uno de ellos. En cuanto el cementerio cerraba sus puertas, volvía a mi casa para desplomarme, sobre unas sábanas que nunca lavaba. Ya no me hacía falta la radio. Por las mañanas salía a comprar pan o alimento pero siempre acababa volviendo al Père-Lachaise como si se tratara de un polo magnético alrededor del cual gravitaba mi existencia. Después empecé a interesarme por las historias de aquellos que caminaban entre las tumbas como lo hacía yo misma, pero sobre todo por los difuntos y sus biografías. Me di cuenta de que bastaba con acercarse a la sepultura donde alguien se hubiera detenido, para entablar una conversación acerca del finado.”


(Guadalupe Nettel, Después del invierno, páginas 28-29, 158, 259)

domingo, 23 de abril de 2017

Selene: Papá

Mucho se ha escrito sobre el cuarto mes del año.
Dicen que es el más lluvioso. Que todo florece y renace.
Abril es también el tiempo del incienso, del albero en las botas.
Del olor a libros y a rosas. A historias y hallazgos.
Pero no sólo eso. Para la que escribe es momento de recogimiento y recuerdo.
De rememorar emociones que no se olvidan.
Por mucho tiempo que pase.

Seis años han transcurrido desde que te marchaste.
Más de un lustro que no he dejado de pensar en ti.
Te recuerdo cada día como el maravilloso padre que fuiste.
Como la excelente persona que me educó con paciencia y amor.
Ya tenga 33 o 90 años nunca olvidaré tu vez ni tu risa.
Siempre se me dibujará una sonrisa en la cara al pensar en ti.






Hoy me acuerdo de todo con cariño. Con ternura.
Porque sólo se va el que se olvida.
Y tú, papá, no te marcharás nunca.




© Selene

viernes, 21 de abril de 2017

23 de abril: Un día para regalar un libro, una rosa y felicitar a todos los Jorge del mundo



















¿Te gusta leer?


¿No sabes dónde puedes encontrar mis cuentos?

La Central de Callao
Postigo de San Martín, nº 8 
28013 Madrid

Librería Fernando Sanz
C. Juan de Urbieta, nº 8
28007 Madrid

Notting Hill Bookshop
Plaza Los Santos Niños, 5
Alcalá de Henares (Madrid)

Librería Papelería La Verde
Avda. de la Albufera, 71
28038 Madrid

Librería Muga
Avda. Pablo Neruda, 89
28018 Madrid


"Es un buen libro aquel que se abre con expectación y se cierra con provecho". 
Louisa May Alcott